lunes, 4 de mayo de 2009

Rafael Barrett: vida intensa de literatura y denuncia

RAFAEL BARRETT

VIDA INTENSA DE LITERATURA Y DENUNCIA


Rafael Ángel Jorge Julián Barrett y Álvarez de Toledo, nació el 7 de enero de 1876 en Torrelavega (España).

A los 21 años estudió ingeniería.

En 1902 un diario de Madrid publicó una noticia en la cual errónea sobre su suicidio. Para el año siguiente se encontró en Argentina, lugar donde continuó con sus publicaciones. En 1904 viajó como corresponsal del diario El Tiempo, y comenzó a reunirse con jóvenes intelectuales de la época.

Dos años después, su labor periodística se multiplicó, llegó a trabajar en La Tarde, Alón, Los Sucesos, El Paraguay, El Cívico, entre otros. Con el transcurrir de sus publicaciones comenzó a notarse un cambio en la temática de sus escritos, un giro que fue de a poco acercándose a la problemática social de la que estaba siendo testigo en los países a los que visitaba. A finales de año comenzó a aflorar los síntomas de la tuberculosis. Dictó conferencias para el Instituto Paraguayo y la Unión Obrera y su constante predica fue dirigida a la devastada masa obrera.

El Diario de Asunción publicó el suelto Lo que son los yerbales en 1908, dando a conocer la situación a la cual eran sometidos los mensús (peones yerbateros) del Paraná; los empresarios afectados por la denuncia de Barrett presionaron de tal manera que obligaron a ese medio a cerrarle las puertas. En esta época el cronista español atendió heridos cuando estalló el golpe de estado de Albino Jara; dirigió la revista Germinal durante los once números en que sobrevivió; luego fue encarcelado en razón a las denuncias que publicaba. Más tarde fue liberado gracias a un cónsul y partió para Brasil, finalmente viajó a Uruguay atravesando Paraguay y haciendo escala en Buenos Aires. Ya en Uruguay retomó su tarea escribiendo en El Liberal, posteriormente en La Razón y otros.

En enero de 1909 fue internado en un hospital como consecuencia de sus vómitos de sangre; luego de casi una semana fue dado de alta, pero por su resquebrajada salud le recomendaron un cambio de clima; se embarcó para Corrientes, pero decidió retornar luego a Paraguay.

Al año siguiente los diarios le reabrieron sus puertas. Mantuvo correspondencia con un doctor de Francia al que visitó para intentar frenar sin éxito su tuberculosis. El 17 de diciembre de 1910 murió en Francia a los 34 años.

En Uruguay y Paraguay la noticia de su fallecimiento generó una gran cantidad de artículos y polémicas por su obra.

p LO QUE SON LOS YERBALES

Dentro de su intensa obra rescatamos ésta en la que Rafael Barrett criticó duramente a los latifundistas del Alto Paraná; describió de manera profunda el proceso por el cual los patrones contrataban a los mensús. Les anticipaban una miserable suma de dinero, monto que luego el peón devolvería con trabajo. Se los contrataba por un período de 10 a 15 años, que es lo máximo que soportaban –era una rareza encontrar peones viejos-, y si intentaban escapar se los mataba sin ningún castigo para los asesinos. Les pagaban con mercaderías o con bonos que utilizaban para la compra de alimentos y ropas al mismo patrón, se les ofrecía bebidas alcohólicas y prostitutas enfermas de sífilis a muy alto precio; de esta manera se generaba un círculo vicioso del cual no podían escapar y nunca llegaban a saldar la deuda contraída. En Paraguay, Argentina y Brasil perecían o se mataban de 15 a 20.000 esclavos de todo sexo y edad. Los esclavos eran expuestos al hambre, la fatiga, al sol calcinante, enfermedades, insectos ponzoñosos y animales peligrosos.

Estas empresas yerbateras comenzaban con un capital mínimo y en poco tiempo multiplicaban sus ingresos a costa de la muerte humana.

p FRASES

Barrett, fue ensayista, sociólogo y filósofo anarquista; reflexionó dentro de un amplio abanico de temas, de los que, a modo de ejemplo, citamos algunas frases engarzadas en los textos que integran sus obras.

“El arpa es armoniosa porque son desiguales sus cuerdas” (Roosvelt y el socialismo). “El mejor fruto de la sabiduría es saber medir la profundidad de lo que no se sabe” (Pío X). “Vivimos por nuestros frutos; el único crimen es la esterilidad” (El esfuerzo). “El gobierno es tanto más sólido cuanto más débiles y viciosos son los ciudadanos” (Lotería). “(...) Sólo es nuestro lo que sólo con nosotros resplandece y obra” (El robo). “La vida que no es lucha es olvido y muerte” (La gloria). “Pensar es exponerse a ser decapitado, porque es levantar la frente” (La regla). “Nacer o morir no es nada, durar es lo terrible” (Fecundidad). “En política no hay amigos; no hay más que cómplices” (Reflexiones). “No se si en la época de las cavernas se moría la humanidad de hambre y de frío, pero ahora no cabe duda” (Reflexiones). “Triste es que no se realice ninguno de nuestros sueños, y más triste, que se realicen todos” (Reflexiones). “El dolor es un elemento normal en el mundo. No sufrir es un síntoma patológico” (La obra que salva).

(*) Publicado en EL DIARIO del Centro del País, domingo 4 de mayo de 2009.-


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BUENOS AIRES

de Rafael Barrett

(El presente texto fue publicado en El Diario Español y causal de su despido).

El amanecer, la tristeza infinita de los primeros espectros verdosos, enormes, sin forma, que se pegan a las altas y sombrías fachadas de la avenida de Mayo; la vuelta al dolor, la claridad lenta en la llovizna fría y pegajosa que desciende de la inmensidad gris; el cansancio incurable, saliendo crispado y lívido del sueño, del pedazo de muerte con que nos aliviamos un minuto; el húmedo asfalto, interminable, reluciente, el espejo donde todo resbala y huye, los muros mojados y lustrosos, la gran calle pétrea, sudando su indiferencia helada; la soledad donde todavía duermen pozos de tiniebla, donde ya empieza a gusanear el hombre...

Chiquillos extenuados, descalzos, medio desnudos, con el hambre y la ciencia de la vida retratados en sus rostros graves, corren sin alientos, cargados de Prensas, corren, débiles bestias espoleadas, a distribuir por la ciudad del egoísmo la palabra hipócrita de la democracia y del progreso, alimentada con anuncios de rematadores. Pasan obreros envejecidos y callosos, la herramienta a la espalda. Son machos fuertes y siniestros, duros a la intemperie y al látigo. Hay en sus ojos un odio tenaz y sarcástico que no se marcha jamás. La mañana se empina poco a poco, y descubre cosas sórdidas y sucias amodorradas en los umbrales, contra el quicio de las puertas. Los mendigos espantan a las ratas y hozan en los montones de inmundicias. Una población harapienta surge del abismo, y vaga y roe al pie de los palacios unidos los unos a los otros en la larga perspectiva, gigantescos, mudos, cerrados de arriba abajo, inatacables, inaccesibles.

Allí están guardados los restos del festín de anoche: la pechuga trufada que deshace su pulpa exquisita en el plato de China, el champaña que abandona su baño polar para hervir relámpagos de oro en el tallado cristal de Bohemia. Allí descansan en nidos de tibios terciopelos las esmeraldas y los diamantes; allí reposa la ociosidad y sueña la lujuria, acariciadas por el hilo de Holanda y las sedas de Oriente y los encajes de Inglaterra; allí se ocultan las delicias y los tesoros todos del mundo. Allí, a un palmo de distancia, palpita la felicidad. Fuera de allí, el horror y la rabia, el desierto y la sed, el miedo y la angustia y el suicidio anónimo.

Un viejo se acercó despacio a mi portal. Venía oblicuamente, escudriñando el suelo. Un gorro pesado, informe, le cubría, como una costra, el cráneo tiñoso. La piel de la cara era fina y repugnante. La nariz abultada, roja, chorreante, asomaba sobre una bufanda grasienta y endurecida. Ropa sin nombre, trozos recosidos atados con cuerdas al cuerpo miserable, peleaban con el invierno. Los pies parecían envueltos en un barro indestructible. Se deslizó hasta mí; no pidió limosna. Vio una lata donde se había arrojado la basura del día, y sacando un gancho comenzó a revolver los desperdicios que despedían un hedor mortal. Contemplé aquellas manos bien dibujadas, en que sonreía aún el reflejo de la juventud y de la inteligencia; contemplé aquellos párpados de bordes sanguinolentos, entre los cuales vacilaba el pálido azul de las pupilas, un azul de témpano, un azul enfermo, extrahumano, fatídico. El viejo –si lo era- encontró algo... una carnaza a medio quemar, a medio mascar, manchada con la saliva de algún perro. Las manos la tomaron cuidadosamente. El desdichado se alejó... Creí observar, adivinar... que su apetito no esperaba...

¡También América! Sentí la infamia de la especie en mis entrañas. Sentí la ira implacable subir a mis sienes, morder mis brazos. Sentí que la única manera de ser bueno es ser feroz, que el incendio y la matanza son la verdad, que hay que mudar la sangre de los odres podridos. Comprendí, en aquel instante, la grandeza del gesto anarquista, y admiré el júbilo magnífico con que la dinamita atruena y raja el vil hormiguero humano.

lunes, 27 de abril de 2009

Rubén Darío "Cuini" Chiappero: el coleccionista de sonidos

ENTREVISTA CON
RUBÉN DARÍO CHIAPPERO
“CUINI”: EL COLECCIONISTA DE SONIDOS




Anda de acá para allá con la deck doble cassettera de un eterno amigo.
Se instala cerca del sonidista y desde allí pulsa REC e inmortaliza las presentaciones de bandas de rock y otros espectáculos. No cree ser él quien deba encargarse de esa tarea, “pero alguien tiene que hacerlo”, se justifica lamentosamente.
En las paredes de su casa forman fila las grabaciones que “Cuini” ha podido recolectar desde hace más de 30 años y que el color amarillento de las carátulas pueden dar crédito. Conciertos del “Flaco” Spinetta de fines de los ’70, Almendra, Raúl Porchetto, presentaciones en el Festival de Rock de La Falda, entre otros… Pero quizás las perlas más valiosas la integren el compendio de grabaciones de bandas del prehistórico rock de la ciudad: Eclipse, Agua Potable, Trío Jam, Tren de Salsa, Transmutación, Mickey Mouse, zapadas con sus amigos Daniel “Monky” Tieffemberg, Jorge “el Turco” Meinardi, Sergio Stocchero, hasta ensayos con su primo
en un cassette que tituló “Varios en casa de Oscar”….
Pero la colección de Cuini es mucho más amplia de la que se asoma: abarca programas de radio de la década del ’80, presentaciones de libros, obras de teatro, muchos registros de bandas contemporáneas, esta entrevista (sí, leyó bien) y hasta los primeros sonidos emitidos por sus hijos.
Rubén Darío es Maestro de Plástica aunque no ejerce, desde hace años comercializa verdura envasadas que distribuye por la ciudad. Está casado y es el padre de tres hijos de 8, 12 y 15 años. Legendariamente tocó la batería, ahora estudia guitarra, para darse un gusto que dejo pendiente en el tiempo.
Sobre ese pretérito tiempo, se inicia nuestra charla.



—¿De dónde surgió esa manía de registrar cosas?
—Debe ser porque tuve mi primer contacto con los aparatos de cassette cuando era chico; tenía un tocadiscos, pero también tuve acceso a un grabador y se me dio un día para ir a grabar al “Flaco” Spinetta hace algunos años. Lo hice sin pensar. Siempre me gustó esa idea. Después, con el tiempo, me pareció importante tener cosas grabadas. Además de los recitales he grabado otras cosas. Tengo grabados muchos programas de Dolina del ‘86 y ‘87, y me gusta escucharlos. Grabé muchos programas de “Quique” Pessoa que estaba en radio Rivadavia me parece, que es un tipo que me gusta mucho. Pessoa llevaba artistas y les hacia entrevistas… son cosas que no se si están dando vueltas o no, pero son el registro de una época. En esos programas escuchabas intelectuales a cerca de lo que estaba ocurriendo en el país en ese momento.

—¿En qué años te iniciaste con esta tarea?
—En el ‘75 más o menos. Yo tenía 17 años. Por esa época, quizás de antes grabe algo más, pero no lo tengo. Tengo registros del ‘75 para acá. Que son zapadas que hacíamos con mis amigos, después son un par de recitales. Pero estuve muchos años sin grabar nada, se dio cuando me case, no porque me lo prohibieran ni nada, pero era como que la vida me cambio la cosa... No tenía disposición de ir a ningún lugar, no salgo mucho. Sí se me activaron muchas cosas cuando se muere el negro, el "Monky". Tengo una grabación de cuando teníamos 15 años, el toca la viola y canta, yo la batería, el Sergio Stocchero toca la flauta y canta, es muy cortito dura 15 o 20 minutos. Cuando se muere el negro, me cayó mal; primero porque me enteré tarde que él se moría, me entere un sábado y el se murió un domingo; me avisaron de que estaba muy enfermo, muy jodido. Éramos amigos de chicos, pero hacía mucho tiempo que no nos veíamos, a él como mucha gente; por mi ostracismo digamos, me perdí el contacto con mucha gente. Cuando me entero, se estaba muriendo. No dio tiempo a nadie. Debo haber sido uno de los últimos que lo vio vivo, porque yo lo vi el domingo a las siete de la tarde.
Esto me hizo pensar en muchas cosas, el tiempo perdido en cosas que no hice, al vicio; por ejemplo, yo tocaba la batería cuando era chico y después nunca más, ahí empecé a estudiar, después me compre una batería. Después de eso empecé a grabar más cosas. De Villa María grabé Eclipse que fue en el año ’77, “Cacho” Aiello que fue para el mismo recital. Después tengo algunas grabaciones de los años ’80. No tengo mucho. Y en los ’90 hubo mucha cosa musical, que no creo que los chicos (los músicos) las tengan grabadas.

—¿Es decir que vos dejaste de grabar en el ’80? ¿En qué momento retomaste?
—En el 2005. De esos veinti-pico de años yo no tengo nada. Los chicos no le dan bolilla. Mirá el otro día fui a grabar a Sopló el Fantasma y ellos filmaron, pero el tipo que filmó no metió el cable en la consola. Yo andaba con una deck doble cassettera que era de “Monky”. Mis últimas grabaciones las grabo por consola, entonces sale mejor. Entonces me lo pidieron, se los voy a dar claro, no hay problema; pero a la vez les voy a llamar la atención, porque no es que yo necesite una invitación formal, pero porqué no me dicen… Son cosas que a las bandas les sirve, además lo hago porque me gusta, no tengo ningún sufrimiento en hacerlo (risas). A veces se calientan a medias, y era la presentación de su segundo disco.

—¿Llevás un registro escrito de recitales, fechas y lugares?
—Los tengo en cassette nada más, lo que hice este año es sacarles fotos, entonces llevo un archivo digital, un bloc de notas, le pongo los músicos y algún otro dato. Sergio Stocchero me dio de Horacio Bianciotto, que es un negro de Villa María que hizo mucha música, 4 o 5 cassettes de los ‘80. Ahí están todo detallado, los nombres de los temas. Ahora lo estoy haciendo un poco más seguido, sí, tengo donde tocaron, la fecha, esas cosas...

—¿Tenés muchas grabaciones de bandas?
—Mirá, hoy los ordené y los pude medianamente contabilizar, entre vivo y estudio hay más o menos unos 130 cassettes; después tengo las de Dolina, las de “Quique” Pessoa y después tengo cosas raras, como obras de teatro. El otro día le di a Marisabel Demonte, una obra de teatro del año ‘88. Ella ni sabía que yo lo tenía, se lo pase a CD, se lo di con tapa y todo y quedó encantada. Me gusta hacer eso, es como una sorpresa para el otro.

—Sería interesante poder compilar algunas cosas y que alguien las publique para difundirlas…
—Estaría bueno hacer alguna compilación con los temas y que lo conozca más gente. En los ‘80 había bandas como Transmutación, otra que se llamaba Trío Jam y eran mucho más rock, usaban más teclados; ahora son todos power trío y hacen otra música, salvo Prisma que creo que son distintos, los demás grupos son más parecidos.

—¿Y tenés alguna predilección por las bandas de la ciudad?
—De la manera que me he formado es como que me cuesta encajar con las bandas de ahora, pero no de acá, en general; pero es porque yo escuchaba otra clase de música, pero es una cuestión de gusto, no tiene que ver con el esfuerzo que cada grupo hace. Los chicos como Sopló (el Fantasma) son muy regulares para ensayar, para preparar sus cosas y eso es mucho, porque no todas las bandas los hacen. El caso de Motorblues que tiene también su temática armada, quizás les faltaría trabajar un poco más el tema de la composición, que creo que se han quedado un poco con eso. Han hecho trabajos por otros lados, como poder tocar en Cosquín, cosa que no se daba en Villa María. Después los Mr. Mojo que están en otra liga, en todos sentido, porque tienen otro tipo de show. Creo que deben ser los únicos músicos profesionales que hay en Villa María, ellos y el “Cacho” Aiello, te habló en la escena de rock. Creo que uno debe separar los gustos del el apoyo que debemos hacer los más grandes para con los más chicos, pero es por el abismo generacional, nada más.

—¿Qué cosas de las que tenés grabadas consideras perlas?
—El recital de Spinetta en el ‘77 y en el ‘80, tengo algunas cosas del Festival de Rock de La Falda, el primer o segundo recital de Eclipse que suena bien, hay muchas cosas raras. De los dos personajes que no están, que son el “Turco” (Meinardi) y “Monky”, de cada uno yo tengo. Del “Turco” tengo una versión en vivo de Presente, eso me gusta tenerlo, pero me gustaría mucho más tener al “Turco” al lado.

—¿Y como los recordás a los dos?
—Alguien que no lo conoció me preguntó hace poco como era el “Turco”, yo le dije que me parece que era como un barrilete, porque era un tipo que no se hacía nada y andaba volando por ahí con su historia...
De “Monky” recuerdo las cosas que hacíamos juntos, como una revista “subterránea”, que había muchas en el país en esa época, en el ‘79, ‘80, ’81… circulaban vía correo. Tengo muchas en casa. Yo hice una, pero en realidad fue la idea de amigos míos, el “Flaco” Fuerte y Luis Mónaco; pero como ellos no la quisieron seguir, la seguí yo y el “Monky” hizo toda la diagramación, una cosa impresionante porque estaban todos los dibujos, todo muy bien hecho. Te digo que, después de eso, vino el festival de La Falda que fuimos juntos con otros muchachos en un camión y partir de allí pierdo el rastro del negro (Monky).
Lo que sí veo es que hay gente que dice cosas de él que no sé si están equivocadas, pero por lo menos son incompletas, o salvo que yo conocí otra persona. Conmigo tenía buen humor, era un tipo que sabía un montón de cosas, incluso en lo musical porque le gustaba un tipo de música que no es lo que muchos piensan. Hay muchos que lo asocian con el hard rock… primero que él tocaba teclados, y al margen de eso era un fanático de Rick Wakeman, Emerson, Lake & Palmer y Jethro Tull; también le gustaban otros músicos, pero su idea de la música pasaba por ahí. Le gustaba mucho el rock sinfónico, que no tiene nada que ver con el rock pesado.

—¿En qué se destacaba más como dibujante, como músico o escribiendo?
—Creo que como dibujante fue muy bueno, en lo musical… por ahí… ¿vaya a saber como sería hoy en día? Con la tecnología que hay y con la clase de músicos que hay, porque hay muy buenos músicos en villa María. La UNVM le abrió la puerta a mucha gente que es de afuera, que se mete al medio y que después se desparrama musicalmente. Como dibujante era un talento. Un tipo de calibre nacional, tenía nivel para eso, lo que pasa es que el tipo era muy de acá.

—Apoyaba mucho a los músicos de la ciudad, también, les prestaba equipos, hacía sonido…
—Villa María hoy no tiene un tipo que haga eso, no es que sean más profesionales los chicos, pero se da menos, no hay un tipo que diga por motu propio ‘tomá, te presto un equipo”.

—Siempre fue una constante en los rockeros locales la queja por el lugar para tocar, ¿qué opinión tenés al respecto?
—Sucede que no es que no tengan lugar, sino que los lugares no son para lo que ellos tocan, por ejemplo Sopló el Fantasma no puede tocar en Meroi, porque no da, pero no es por otra cosa. No sé adónde le pasa la música en cada persona, pero por ahí hay tipos que deben hacer una música en Santiago del Estero en el medio del monte, deben ser impresionantes y no los conoce nadie; y a ellos tampoco les interesa que los conozcan, ellos disfrutan la música, se divierten, que es una cosa que por ahí la gente pierde de vista. Yo digo por ahí, no te hagás tanto rollo, andá y tocá, y listo… También es cierto que la Municipalidad pone algunas trabas de más.

—¿Creés que se puede crecer en Villa María o hay que irse a otros lugares más grandes?
—El rock nacional tiene un corcet, tiene una orientación definida: Divididos, Redonditos de Ricota, Las Pelotas… Unos chicos de Buenos Aires me decían que allá todos quieren ser como Los Piojos. Cuando yo era chico intentábamos ser originales. Creo que compositivamente se puede hacer cosas en el interior.

—¿Tenés algunas palabras para cerrar esta charla?
—Sí, decir que si hay alguien tiene viejas grabaciones de rock (principalmente), me ofrezco a pasarles esas cintas a CD. Sucede que quienes quizás deberían tener registros no los tienen y, como te dije antes, no creo ser yo quien deba hacer el trabajo, pero hay que conservar esos documentos que son el registro de una época.


“Cuini” es así, generoso, impulsado por el deseo de conservar momentos que nos ayudarán a revivir épocas, en la que muchos de nosotros sólo podremos acercarnos escuchando esas grabaciones.
Ampliar la mirada es posible. Lo digo mientras escucho e imagino a otro “Monky” tocando la viola y cantando con una voz finita de quinceañero, allá por febrero o marzo de 1977 cuando aún yo no había nacido. La grabación es nítida, como si fuese ayer. El entrevistado golpea la bata con sus 17 años, y “Monky” rasga la guitarra tranquilamente. La suave y lenta voz rebalsa la habitación de diversas emociones: asombro para mí, nostalgia para él. “Cuini” Chiappero más que un coleccionista de sonidos, es un impulsor de sensaciones. STOP.
(*) Publicado en EL DIARIO del Centro del País, el domingo 26 de abril de 2009.-

lunes, 20 de abril de 2009

Gonzalo "Pichi" Ramírez

ENTREVISTA CON
GONZALO “PICHI” RAMÍREZ
TALLADOR DE PIELES


Fotos de Gerardo Aballay


Lo espero a las cuatro de la tarde, con un sol radiante que hunde su calor en la fuente sin agua. Allí estoy sentando, observando los pequeños locales del Paseo de la Villa, en ese lugar estratégico en el que los transeúntes van y vienen. Aunque a esta hora son pocos. Mi corazón late más fuerte de lo normal, es que quedamos en que hoy sería el día y la expectativa y la espera me pone más nervioso.
Siempre dije de hacerme uno, más aún en la adolescencia, aquella que debe haber quedado quién sabe donde; pero nunca me animé, por los prejuicios, por el temor al dolor, por el que dirán… por todas esas cosas que uno se plantea cuando se dispone a tomar una decisión en serio.
Lo cierto es que acá estoy, mirando como llegan los empleados a abrir los comercios, como levantan o bajan los toldos de acuerdo al ensañamiento del sol.
De repente allí viene, caminando con su gorrita en blanco y negro “no logo”, su remera negra con la estampa “enjoy punk rock”, su pantalón estilo militar y sus extremidades ilustradas por pigmentos y dibujos que cobija bajo su piel.
Él es Gonzalo Ramírez, pero lo conocemos por el apodo de “Pichi”. Treinta y cinco años, acuariano, nacido el primer día de febrero de 1974 en Villa María.
Junto a su compañero Gerardo “Metal” Aballay son los propietarios de “El Tajo Tattoo”, un local donde se colocan piercing y sobre todo se realizan tatuajes desde 1993.

—“Yo arranqué un poco más tarde, mi compañero ‘Metal’ estaba de antes”, rememora Gonzalo. “Yo había empezado con “Monky” en un local en el centro, atrás de un quiosco, que tenía una pieza bastante grande. Antes de eso estaba sólo, pero era impresentable (risas).

—¿Cómo te conociste con “Monky”?
—Teníamos gente común, pero no me acuerdo bien, la verdad. Una vez me vino a preguntar qué hacía, yo le mostré lo que sabía y él me preguntó si quería que hiciéramos algo juntos.

—¿Hay mucha demanda para tatuarse?
—Sí, de la región hemos tatuado mucha gente de Marcos Juárez, Oliva, Oncativo, Arroyo Cabral a todos, muchos. Ahora con la llegada de la Universidad Nacional creció mucho más por la cantidad de gente que viene. Muchos vinieron a estudiar a Villa María y se quedaron acá, por ejemplo, gente de Buenos Aires que se vino porque encuentra más tranquilidad.

—¿Los jóvenes son los que más se tatúan?
—Vienen a tatuarse de edades muy distintas, inclusive también gente grande. Otra cosa que sucede hoy es que como Marcelo Tinelli se tatuó el brazo, es como que la gente ve al tatuaje de otra manera, lo ve más natural, le agrada.

A medida que intercambiamos las primeras palabras, Gonzalo va preparando el lugar, deja las agujas a mano, se coloca los guantes de látex negros y desparrama una minúscula gota de tinta en la base donde las agujas beberán el pigmento antes de trasladármelo a mi piel.
El motivo elegido ya está calcado, lo contorneó apenas llegamos luego de ampliarlo para poder trabajar más los detalles. El dibujo no es cualquier dibujo, quería que tuviese algún sentido. Días antes me llegué a la casa de Nancy “La Roja” Comandona (la señora del recordado “Monky”) y le expliqué mi intención. Gustosa aceptó y una noche revolvimos entre los originales de Sir Tieffemberg.
Elegí dos, pero me incliné por uno…


—“Esto es el transfer, que es pasar el dibujo a la piel.” Posa la imagen en mi brazo derecho con un líquido especial para que se adhiera. Respiro hondo en varias oportunidades.

—¿La gente que viene trae un motivo o ustedes pueden hacerle un original?
—También hacemos algunos diseños. No cobramos más por eso, lo hacemos porque nos gusta y porque es nuestro trabajo, no da para hacernos la estrella en Villa María. Si traen algo te facilita más el trabajo porque ganás más tiempo, pero somos bastante abiertos. Pero por ahí tenés que ser muy groso para estar creando cosas originales.

—¿Y cuando te piden los motivos, generalmente son los clásicos de siempre?
—Sí, estrellitas, letras chinas, letras góticas, son lo que la mayoría piden; es muy raro que alguno venga como vos así y traiga un dibujo así.

La tatuadora ya está surcando la superficie cutánea, Gonzalo despliega la máquina cual si fuera un lápiz y me pregunta durante los primeros minutos si estoy bien antes de seguir. Le doy el OK y el ruido de esa chicharra de metal retumba en la planta alta del local, opacando muchas veces la música, que no está a la altura acostumbrada, para que sea posible registrar las opiniones del artista.
De todas maneras no puedo decirle que apague su equipo, ya que los acordes y distorsiones de Metallica, The Ramones, Deep Purple, AC/DC, Limp Bizkit, System of a Down, The Rolling Stones y otros, sirven de elixir para su inspiración. Tararea sus canciones y se anima escuchándolas.


—Cuando te haga el sombreado la vas a sentir menos, porque se trabaja más suave con la aguja.

Ahora me pasa vaselina y me limpia con paños de papel.

—¿Para qué es la vaselina?
—Para que corra mejor la aguja y también para ir limpiando al periodista extremo (risas). Sos como un Rolando Graña, ese loco que no sé que tomaba, pero era la excusa justa para ponerse de la cabeza (más risas).

—¿Toda tu vida hiciste esto?
—No, trabaje cinco años en una estación de servicio mientras hacia esto como hobby. No terminé el secundario, lo dejé en cuarto año cuando eran cinco los años de cursado. Trabajé en otras cosas y me mantuve hasta vivir a esto.

—¿Siempre tatúas con música?
—Siempre. Te ayuda a no aburrirte, pero además porque el ruido de la máquina te deja el oído loco, yo creo que estoy medio sordo por ese motivo.

Además, pienso, resulta ser una combinación indivisible, la que se da entre el rock y los tatuajes. Mientras, el brazo va tomando cada vez más calor y lo va desparramando por todo el cuerpo. La vaselina actúa además como calmante en este caso.

—¿Es complicado aprender el oficio?
—Depende… lleva su tiempo, yo empecé sin saber dibujar y aprendí a tatuar. Hay gente que sabe dibujar pero no tatúa. No es lo mismo, te tiene que enganchar.

—A medida que la tecnología avanza ¿va cambiando el método o siempre se utilizó el mismo?
—La tecnología avanza con respecto a los productos, a los pigmentos, las agujas. O es a mano a golpecitos como los maoríes o los japoneses que son más tradicionales, pero con máquina eléctrica no ha cambiado, ni creo que vaya a cambiar por mucho tiempo. La gente siempre va a preferir este tipo de cosas porque es como más artístico, sino sería un bajón, a no ser que no duela. Pero no es dolor, es como una sensación y es muy superficial porque no sangra.

—¿Qué tinta usás?
—Son pigmentos orgánicos.

Y hace recambio de la aguja que usó para contornear la figura, por otras tres que sirven para sombrear. Me asegura que la sensación será más suave, debido a que penetran menos. Mientras se ocupa de esa tarea se encuentra con unos lunares en los que no puede pasar, ya que podría estimularlos y generar un tumor maligno, dice.

—¿Y alguna vez tuviste que tatuar algo raro?
—Una vez le tuve que tatuar el párpado a un perro, porque le hacía mal la luz del sol, el veterinario propuso esa como una de las soluciones.
El tatuaje lo usaron en todas las culturas y por distintos motivos, los indios en Sudamérica… el otro día estuve leyendo que el hombre de hielo, que era un cazador que encontraron en no sé dónde, estaba congelado y se mantuvo muy bien. Era más antiguo que Cristo y le encontraron como 17 tatuajes con todas figuras de animales. Como era cazador, tenía esos dibujos para atraer la suerte.

—¿Cómo ves a la gente que se hace los tatuajes?
—Hay un poco más de conciencia en la gente. Pero hay otra gente que se tatúa en las peñas, en los encuentros de motos, o en cualquier lado y eso, a veces, no es bueno. Pasa por una responsabilidad nuestra de aclarar estas cosas que hacen a la salud, hay quienes que no tiene idea de nada. Hay gente que está tatuando y se está fumando un pucho, las cuestiones de higiene no las tienen en cuenta. El uso de material descartable es fundamental.

—¿Hay algún dibujo que no harías?
—No, por lo general hago de todo; no haría algo que sé que al cliente le va a quedar mal, aunque insista en hacérselo.

La puerta expele un chirrido y se escucha la voz dulce de unas jóvenes que preguntan los precios para hacerse unas letras chinas. Gonzalo, detiene el trabajo, me hace una seña y me recuerda: “¡viste que no te miento, Darío!”

—¿Qué es para vos el tatuaje como sentimiento?
—Principalmente es un estilo de vida, porque estoy todo el día consumiendo tatuajes, dibujos, tengo muchos amigos en Córdoba, en Buenos Aires, en el sur y están todos en la misma. Es una pasión, una adición.. Para mí es eso, una adicción.

—¿Te imaginas algún día sin hacer esta actividad?
—No me lo imagino, y me asusta mucho pensar en eso. Yo ya me hice tan dependiente, es como si de un día para el otro te cortan una pierna; podría sobrevivir, pero no me veo nunca alejado de esto.


El tatuaje reluce luego de una hora y media de trabajo, me lo envuelve en un celofán, me lo pega con cinta y me recomienda que me lo deje así dos horas; luego que lo lave con jabón neutro y mantenga el área humectada con crema durante dos semanas. Me cuenta sobre la formación de una cascarita y la picazón que sentiré cuando la piel vaya curándose.
Gira hacia un costado y toma una pinza, llama mi atención y delante de mis ojos dobla las agujas usadas que descienden al tacho de los residuos.
Me pide que vuelva en unos días para controlarlo, me da su tarjeta para que lo llame por cualquier inconveniente y se muestra interesado en imaginarle, más adelante, un fondo a ese ser que toca el violín mirándonos fijamente a los ojos.

“Pichi” Ramírez talla historias en la piel, ésta es la mía.


(*) Publicado en EL DIARIO del Centro del País, el domingo 19 de abril de 2009.-

martes, 7 de abril de 2009

Prólogo a "Días de esclavitud" de Alicia Peressutti

LOS CAZADORES DE ALMAS

En el mundo de apariencias en que estamos inmersos, personas sin alma salen a la caza, camuflados, impunes, desenamorados de la vida y enamorados de las drogas, del dinero, de la violencia, del poder.
Joaquín Ramírez es uno de ellos, el diablo de esta novela. Ojeador y proxeneta, engaña y se aprovecha de una familia de escasos recursos. Se lleva consigo a dos jóvenes hermanitas “igualitas como gotas de agua”, para convertirlas en mercadería sexual de los hombres. Las alejará lo más distante posible de su casa, de su adolescencia, de su querida familia… de sus vidas.
Con este marco desolador, Alicia Peressutti nos mete de lleno en ésta, su segunda novela, para que vivenciemos una historia que tiene un profundo trasfondo de realidad. Lo hace con sutileza de escritora, entretejiendo con puntadas de color poético y esperanzador, aquella oscura trama tan cruel para ser real y tan descriptiva para que no lo sea. Necesita contárnosla para esfumar esos demonios que siempre nos acechan, que se esconden tras las máscaras de los hombres cuyas apariencias nos engañan a diario. “El amor es para los más débiles”, sentencia una de las páginas talladas de este libro, sin embargo, es el mismo amor el que da las fuerzas para escapar del infierno, para sobrevivir e imaginar una vida mejor.
Días de esclavitud promete correr la misma suerte que su predecesora, esto es, circular por las manos de quién sabe cuántos lectores que no frecuentan la literatura, ni menos aún, se interesan por esta temática. Sorprende saber que dos textos literarios son las lentes que posibilitan ver el intersticio necesario para hablar de temas vedados como el tráfico humano y la trata de personas.
Muchas veces me pregunté si la literatura servía para algo más que para alimentar el alma y ejercitar nuestro intelecto, hoy puedo decir con plena certeza de que sí.



(*) Prólogo a "Días de Esclavitud" de Alicia Peressutti, Ediciones del CC, Villa Nueva, Marzo de 2009, 95 páginas. Este libro, se presentó conjuntamente con "El secreto del general" el 07 de abril de 2009.

lunes, 30 de marzo de 2009

La editorial universitaria realizó la primera presentación de libros del año
Eduvim presentó antologías de narrativa local y provincial
Se trata de dos trabajos compilatorios "Voces de este río" y "10 Bajstas", presentados el sábado en la medioteca.


“Cuando organizamos esta presentación, en este día y horario, estábamos con Riquelme contra la exclusión de Maradona…” bromea Carlos Gazzera, director de la flamante editorial local. Pese a las dificultades que presenta realizar un evento cultural paralelo a las eliminatorias del deporte rey, una interesante cantidad de público se dio cita a la primera (de muchas) presentaciones que el sello local tiene previsto para 2009. El Auditorio de la Medioteca Municipal, fue el escenario donde se presentaron dos antologías narrativas correspondiente a la colección “Pajarito de agua”.

En un primer momento, se socializó el libro “Voces de este río (antología narrativa: Villa María y Villa Nueva)”, cuya selección y prólogo estuvo bajo el cuidado de Marcelo Dughetti. El autor de “La bicicleta roja” agradeció a la UNVM, a Eduvim, y rescató “en medio de tantas banderas mezquinas, a esta bandera generosa, que es la posibilidad que se le da a la gente, que no está en la academia, de poder trabajar dentro de la editorial, haciendo esta selección y abriendo otras puertas para otros compañeros que escriben y que, sin estos proyectos, se perderían sus voces.”

Autores y obras
“Voces de este río” agrupa a los siguientes escritores y cuentos: Andrés Raúl Velo (Infierno helado), Alicia Elena Giordanino (Grafías), Jorge Rossi (La culpa del perro), Matías Atensio (Cuzco), Marina Beatriz Jiménez (Resquicios), Javier Páez (Cuentos breves), Augusto Daniel Páez (Un día con Ceci), Fabricio Neri Devalis (Esperar, no es tan malo), Natalia Andrea Gea (La visión de Mulambó), Walter Giacomelli (Tormenta), Ilda Mistraletti de Mignola (La princesa), Jesús Chirino (Los salvavacas), Fernando Raúl Ceballos (Monstruos), Eduardo Tadeo Cichy (La migración de los ángeles) y Griselda María Rulfo (Caballo de espadas).

Luego de la lectura por parte de Augusto Páez, Javier Páez y Jorge Rossi; llegaría el turno para presentar el otro volumen intitulado “10 Bajistas. Antología de la nueva narrativa cordobesa.”

Este trabajo estuvo a cargo del poeta cordobés Alejo Carbonell quien expresa en el prólogo que “(…) en estas páginas no se pretende erigir a quienes componen la antología como un selecto grupo de la joven avanzada, sino más bien como parte de un amplio y heterogéneo colectivo que a partir de excelentes plumas y de un impecable manejo de las voces de los personajes dejará una huella que a través del tiempo trascenderá el ámbito de los autores-lectores.”

Habitando esas páginas encontramos a estos autores y textos: Santiago Ramírez (La mesa), Hernán Tejerina (Biografía de león), Diego Vigna (Nos multiplican), Luciano Lamberti (Puertas escondidas), Javier Quintá (Las fiestas había terminado), Diego Fonseca (Bailarina de cabaret), Adrián Savino (Emanuel), Pablo Giordano (Ñandú), Sebastián Pons (Desinteresadamente) y Pablo Dema (Jimmy).

Al finalizar las lecturas por parte de Diego Vigna y Javier Quintá, el Director de la editorial invitó a los presentes, a cerrar la noche con una copa de vino dulce.

Foto grupo (Lautaro Aguirre)
(*) Publicado en EL DIARIO Del Centro del País, el martes 31 de marzo de 2009.-

Entrevista con Juan Bedoian, editor de la Revista de Cultura Ñ

ENTREVISTA CON
JUAN BEDOIAN

Editor de la Revista de Cultura Ñ




Me recuerdo caminando las calles de Río Gallegos. El viento zumbándome los oídos y la urgencia de llegar a destino. Estaba apresurado, pero la vi colgada en la vidriera de un negocio. El primer número de la rimbombante revista.
Había escuchado de su existencia por un profesor de la cátedra de Literatura Argentina. Yo era un simple estudiante de letras que tuvo la suerte de poder asistir al XII Congreso Nacional de Literatura Argentina realizado en la Universidad Nacional de la Patagonia Au
stral (UNPA) entre el 15 y el 17 de octubre de 2003.
Para ese entonces, mi apetito cultural recién empezaba a sentirse aquí dentro, y aún no había debutado en los medios gráficos locales (lo haría dos meses después en este matutino).
La revista cultural costaba cincuenta centavos, precio inimaginable para la situación económica del país o de sus habitantes: un regalo. En ese momento no compré el ejemplar, porque llegaba tarde a una de las exposiciones, pero me quedó haciendo ruido esa publicación.
Al volver a estas tierras, ya con más tiempo, la adquirí y me deleite con un producto de altísima calidad. Una revista que envasa en sus páginas las artes más diversas, entrevistas a los más grandes pensadores de la actualidad, crónicas, críticas, agenda cultural, literatura y una abultada vidriera con las novedades editoriales clasificada y ordenada. A partir de allí no dejé de comprarla.
De la manía de leer los staffs de cada una de las publicaciones que llegan a mis manos, comenzaría a sonarme el nombre de Juan Bedoian. Si bien es cierto que la carrera del editor de la Revista de Cultura Ñ de Clarín tiene un largo recorrido (mucho antes de hacerse responsable del primer número y hasta la actualidad), ese fue el momento en que lo grabé a fuego.
Correría el tiempo y varias serían las ocasiones en la que pensaría intentar contactarlo, para consultarle su visión del mundo cultural editorial y de otros aspectos. No fue fácil. No porque Bedoian se negase, simp
lemente porque las demandas de su gran labor y, a veces la salud, lo impedían.
Finalmente pudimos lograr el contacto con quien tiene a su cargo la revista cultural más importante de Argentina. Esta publicación semanal que va camino a cumplir 300 ediciones en la calle y que, si bien ha logrado sus objetivos, como dice Bedoian, no escatima sus esfuerzos en brindarnos cada vez su mejor producto.
Para que todos los sábados podamos leerla se imprimen entre 60 y 70.000 ejemplares por semana, de las cuales se distribuye el 65% en la Capital Federal y gran Buenos Aires y el resto en los distintos recovecos de nuestro país.



—Con más de cinco años en la calle, ¿considera que Ñ cumplió y está cumpliendo con sus objetivos?
—Sí, creo que los ha cumplido. Nuestro objetivo era, en 2003, crear una revista de cultura masiva, periodística en el buen sentido de la palabra, inteligible, dirigida a distintos universos de lectores y, al mismo tiempo, seria, rigurosa del mejor nivel que pudiéramos alcanzar.

—¿Cuál es la misión de "Ñ"? ¿Quiénes son los destinatarios de la revista? ¿Quiénes colaboran y pueden hacerlo en dicho espacio?
—Más que misión diría propósito. Nuestro propósito es lograr que los contenidos y fenómenos culturales lleguen a un amplio mundo de lectores. Ñ no está dirigida a unos pocos, no es una revista “cerrada” para un grupo de alto nivel cultural. También nos dirigimos a él, pero pensamos en todos los niveles. Por eso mismo, los colaboradores de la revista también admiten esa diversidad. En la revista hemos hecho entrevistas a los principales protagonistas de la cultura (ideas, literatura, arte, escenarios) de la Argentina y del mundo. Y muchas de estas personalidades de la cultura han escrito notas para la revista.

—¿Cuál es su visión sobre el mundo editorial en Argentina? ¿Cree que hemos crecido en cuanto a producción y calidad de textos y de autores?
—Como se sabe -lo dicen las cifras- el mercado editorial está en una crisis. Cada vez se lee menos y eso también lo sabe cualquiera. Sin embargo, siempre aparecen nuevos autores que enriquecen la literatura y el pensamiento argentinos. El reciente ganador del premio Alfaguara de Novela, Andrés Neuman, es un argentino. También lo fue el año pasado el ganador del Premio Planeta de latinoamérica, Pablo de Santis. Y ya van dos autores argentinos (Alan Pauls y Martín Kohan) que ganan el premio Herralde de España. No puedo dejar de mencionar que varios de los autores que recibieron el Premio Clarín de Novela son muy buenos escritores. O sea que hay, a pesar de la crisis que menciono, un grupo interesante de nuevos autores que forman parte de la buena literatura argentina.

—¿Cómo ve la actualidad de las revistas culturales? ¿Qué opinión le merece las revistas autogestionadas?
—Las revistas culturales son absolutamente necesarias y cada una se dirige a un grupo determinado con intereses editoriales muy marcados. Nosotros elegimos un camino que nos parecen válidos y no me parece pertinente decir cuál es buena o mala. Aunque tengo una opinión al respecto. Me parece loable, por otro lado, la aparición de revistas autogestionadas. Toda publicación cultural que aparece, ayuda -exagerando un poco- a que nuestra sociedad sea mejor, piense más, lea más. Y eso siempre es bueno. ,

—¿Cuáles son los principales inconvenientes con los que se encuentra el editor de una revista como "Ñ"?
—Son muchos pero mencionaría un par de ellos: mantener la independencia de criterio (o dicho de otra manera la libertad de criterio) de los contenidos de la revista respecto de los poderes y tratar de que la revista no pierda su línea de producto serio, accesible pero riguroso, con temas que le interesen a una gran cantidad de lectores.

—¿Están pensando proyectos futuros a partir de Ñ (edición de libros, nuevas secciones, edición de DVD con las ediciones anteriores, etc.)
—Siempre hay proyectos dando vueltas en lo que llamaríamos los opcionales de la revista. En estos cinco años hemos lanzado al mercado por lo menos 10 productos opcionales y centenares de insert (de 4, 8 y 12 páginas) con coleccionables que se distribuían gratuitamente con la revista.

—Aunque parezca un tema trillado siempre está esa cuestión de que la gente del interior no tiene cabida en medios importantes, ¿cree que esto es así? ¿Se deberá a una cuestión de calidad o será necesario afincarse en las grandes urbes para poder desarrollar una carrera literaria y de medios?
—Es así: la gente del interior no tiene demasiada cabida en los medios importantes y esa es una deuda que nosotros, desde la revista Ñ, asumimos. Hemos hecho en su momento 23 suplementos sobre la cultura del interior y Ñ tiene semanalmente una página dedicada a la cultura de las provincias. Pero es insuficiente.
Respecto de los autores, no es una cuestión de calidad. Hay muy buenos autores y pensadores en las provincias que muchas veces no llegan a los medio importantes de la capital porque los que hacen esas revistas desconocen esos mundos. Hay una tremenda falta de comunicación entre la Capital y el resto del país.

—¿Qué tan importante pueden llegar a ser un suplemento cultural o páginas culturales en diarios chicos del interior del país?
—Todos los diarios -los chicos y los grandes- deberían darle más espacio a la cultura en sus páginas. Muchos responsables de esos diarios creen que la cultura “no vende”. Esa es una gran equivocación.

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JUAN BEDOIAN

Es editor responsable de la Revista de Cultura Ñ de Clarín, desde octubre de 2003 hasta la fecha, y editor jefe del suplemento “Viajes” del mismo periódico, desde 1996 hasta la fecha. También fue editor jefe de rediseño de productos del mismo diario (1993–1996), jefe de sección del suplemento “II Sección” (1990–1993), jefe de sección de proyectos especiales (1986–1989), jefe de sección del suplemento cultural (1984-1985), redactor especial de Clarín (1977-1984) y de la revista Primera Plana (1983-1984), crítico de cine del diario El Pueblo de Tucumán (1973-1974), de la revista Generación 83 (1983-1984) y de Canal 10 de la UNT (1973-1974).
Es bachiller humanístico superior, egresado del Gimnasium Universitario de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) en 1966 y profesor en Letras, egresado de la Facultad de Filosofía y Letras (UNT) en 1974.
Ha sido pro-secretario de redacción del diario Clarín desde 1989; jefe de sección del mismo diario (1984-1989) y redactor especial (1977–1984).
Fue profesor de Literatura Extranjera II de la Escuela Superior de Periodismo del Instituto Grafotécnico, desde 1977 hasta 1980.
Ha realizado seminarios para el Doctorado en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA), además de cursos y seminarios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y en otros centros de estudio.
Ha publicado numerosas notas, reportajes, críticas de cine y de libros, columnas de opinión y artículos de diversos géneros en diarios y revistas de Argentina y del exterior desde 1973 hasta la fecha.
(*) Publicado en EL DIARIO del Centro del País, el domingo 29 de marzo de 2009.-

lunes, 23 de marzo de 2009

Adriana Claudeville: El susurro de una poeta

ENTREVISTA CON
ADRIANA CLAUDEVILLE

EL SUSURRO DE UNA POETA


En Río IV, no conocen de sus dotes de poeta. Su ciudad natal, a la que regresa periódicamente, la recibe con los brazos abiertos, pero ella no lleva sus poesías. Villa María, espacio que la cobija, sabe de ella por sus publicaciones: “Setiembre equivocado” (2002), “Magnolias transparentes” (2004) y “La portadora del fuego” (2006). Pero fuera de ello Adriana se mantiene un poco alejada del ambiente literario. No de la literatura, pero sí, de todo lo demás.
No quería entrevistas. No le agradan estas cosas. Sin embargo acepto charlar con nosotros de literatura y de poesía, el género al que siempre vuelve. La práctica de un arte que “ordena la mente”, y donde ella se regodea coqueteando con el absurdo.
Hizo un camino en el taller literario de Susana Zazzetti, donde la convertían en poeta sin que ella se diese cuenta; ahora intenta con el difícil género de la narrativa, de la mano de Mercedes Espinosa (ver EL DIARIO Cultura, del 11 de mayo de 2008).
Adriana, madre de mundos y sensaciones, produce sus escritos alejada del ambiente literario de la ciudad. Sobre ese punto iniciamos nuestra charla.


—¿Por qué razón no se te ve muy seguido en el mundo literario local?
—Porque no me interesa un pepino el ambiente literario. Yo no participo de concursos, ni de presentaciones, ni de actividades similares. Otra de las cosas por la cual no lo frecuento es la cuestión de la temática. Los temas son muy poco abarcativos, está bien, hay hambre, no hay trabajo, ah… que las siete plagas de Egipto, los cuatro jinetes del Apocalipsis, pero… ¿hay que machacar tanto sobre esos temas? Está bien que lo escriban, que machaquen, pero no, cuando vos escribís sobre otro tema. El pueblo no es pavo, no es tonto, tiene sesos, igual que yo y que vos y piensa, y las poesías le gustan o no le gustan; por eso yo siempre digo que hay crítica literaria, no la que consideran los sabios o los ídolos con pies de barro que hay por acá. La verdadera crítica literaria es la que te acepta o no, le gusta o no le gusta lo que hacés; y te dice porqué le gusta o porqué no le gusta.

—Es difícil hacer crítica literaria en Villa María, porque te podés ganar un montón de enemigos. Por ahí podés decir algunas cosas y se te pueden enojar…
—¡Y que se enojen! (responde exaltada). Por ejemplo “Setiembre equivocado”, es un libro de catarsis. Los libros de catarsis y algunas autobiografías sirven para uno, no le dan nada al otro. Es decir, lo que ingresa va a ser lo mismo para mí, para vos, para quien lo sienta, pero el motivo no. Entonces como que no va, no sirve, porque lo que me llevó a escribir eso no es lo que pensó el otro que me lee, aunque la poesía tiene eso, ese es el mayor legado de las estéticas del comienzo del Siglo XX.

—Pero está bien que uno interprete lo que quiera y como quiera o como pueda…
—Uno tiene que escribir para el otro, porque para uno mismo casi que no tiene sentido. Eso no es creación, porque si sabés hilar un poquito con las palabras ya está.
Sucede otra cosa con la poesía, el poeta es una persona común, que cultiva su oficio de poeta, no ganamos un cuerno, la realidad la lleva a su mundo de creador, de artista y la expresa en una poesía; es decir, no somos una clase privilegiada. El hecho de tener más o menos talento se puede dar en cualquier etapa del quehacer humano. Mirá el Gustavo Borga, él trabaja en el ferrocarril, hace su poesía…

—¿Te gusta la poesía de Gustavo?
—Sí, pero no acostumbro a decirle nada a ningún poeta, si no me preguntan ellos a mí, porque me cansé, uno nunca te va a decir las cosas con mala leche, ¿para qué?, no sirve, nunca se va a prestar a endiosamientos inútiles, nos tenemos que enriquecer. También me gusta mucho la poesía de Marina Giménez y de Fernando de Zárate, quienes toman temáticas que son jodidas de expresar. Fuera de los talleres, yo escribo sola, me cuesta mucho más. Suelo mostrar mis escritos a Susana de Zazzetti, a Olguita Dominicci y algún otro, pero me las arreglo, aprendo, a los porrazos pero yo sola; aunque no me sale tan mal (se ríe).

—Asististe al taller de Susana de Zazzetti, ¿qué me podés decir al respecto?
—Susana me transformaba en poeta y yo no me daba cuenta, ella me enseñó la fineza de la poesía, la aristocracia de la poesía. Es el género (como decían los griegos) de los aristócratas, de los elegidos. Cuando definieron la democracia, la definieron mal, en realidad no es pueblo, se consideraban 6 o 7 familias de cada polis. A la poesía hay que reverenciarla cuado se la escribe, cuando se la lee y cuando se la presenta; cosa que acá no se hace. Pero quiero resaltar públicamente el valor de lo que Susana me brindó.

—¿Y ahora estás escribiendo cuentos?
—Con Mercedes Espinoza. No es fácil. Ella sabe muchísimo, y te enseña, y a vos te parece que escribiste un cuesto fantástico. Me gusta, pero yo vengo de la poesía y a la poesía vuelvo. No tengo interés, es más, no creo que vuelva a publicar, haré plaquetas, que se yo.

—¿Por qué decís que no vas a volver a publicar?
—¡¿Y quién me ayuda?! Mirá, los tres libros que publiqué me los costeé yo, los hice yo, me los prologué yo, me los corregí yo, y luego los presenté. “Magnolias transparentes” me hice una cena de pizza, vino, cervezas y arrolladitos allá arriba de lo que era “Pizza Café”. En cuanto a “La portadora del fuego” hice un desayuno arriba del “Centro Vasco”.

—¿Pero vos tenías un libro listo para sacar prontamente?
—Tengo las ideas escritas, las poesías las quemé, se salvaron las que te entregué para el libro que estás haciendo vos, pero tampoco es que tenga un afecto por esas poesías, ni predilección, ni que me vea muy reflejada ahí. Justo llegaste en ese momento y bueno, te las llevaste. En ese intermedio se murió mi mamá, pasaron algunas cosas. Lo que sucede es que no me sentía yo en esos poemas que quemé, uno no puede ir contra sí mismo, tratar de moldearse de otra manera que no es la suya, no puede dar otra forma de su decir del que ha encontrado. Es como yo te decía el otro día, los que conocen mis poesías, si leen algún poema aislado por ahí, dirán “Ah, esto lo escribió la Adriana Claudeville”, los que han leído mis poesías te repito, que no son muchos.

—¿Quiénes asistieron a tus presentaciones?
—Para mí, cada vez que presento un libro es mi fiesta. Me encanta que lo vean todos, no es que vengan 300, 400 o 500 personas. Yo invito a la gente que quiero. Por más que se diga que yo selecciono y discrimino, no es que me lo digan directamente, pero se siente. Sucede que el hombre por naturaleza elije. No me podrán decir que yo selecciono porque alguno tiene nombre, ¡no!, yo invito a quien se me canta. Le dediqué “La portadora del fuego” a la “Puqui” Charras. Qué dama que es la Puqui, ella sí que se codeó con los grandes de la literatura contemporánea, pero ella es sencillita así. Y acá la hacen trabajar y no le pagan y yo le digo que los mande al diablo a todos... Cuando me presentó “Magnolias transparentes” le pagué. Ella es intuitiva para escribir. Mi poema más lindo de “Magnolias…” es el de la Puqui, el de Aracilde y el de Edith Vera.
En mi caso no creo en la inspiración, creo en la idea. Bueno, vos tenés una idea, siéntese y escríbala; y ahí empezás a trabajar. Por eso yo digo que mis libros salen a la quinta reencarnación, porque los reescribo una y otra vez.

—¿Sobre que cosas puede escribir un poeta?
—El escritor escribe sobre lo que se le canta. A mí me han dicho que mi poesía es muy clasicista y muy elevada. Nosotros pertenecemos a una generación en la que todos teníamos una biblioteca. Aparte antes en la secundaria, se decía que la enseñanza era enciclopedista, bueno, pero salíamos sabiendo. El que ha hecho un secundario, no puede estar tan alejado de comprender lo que escribo. Entonces me dolió que dijeran eso. No hay que mediocrizar la poesía. Por otro lado, gente que no conozco ni la producción ni sobre su persona, les han gustado tanto y han tenido reflexiones que ni yo he pensado, esos mundos que vos creas en la mente del otro y sobre todo el juego poético. Y bueno, eso es todo… ¡¿Querés escuchar un cuento?¡
—Bueno. Le digo, mientras se va a su cuarto y vuelve con un par de cuadernos cuadriculados y espiralados. Me lee uno de los ejercicios de su taller y el cuento que ella armó en ese momento. Luego pasa las hojas y me deleita con nuevas producciones poéticas:


“A disgusto de la costumbre / arden mandatos ancestrales. / De vez en cuando / es bueno quemar atavismos / como cuando los niños alimentan las hogueras / en la noche de San Juan.”

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“Salgan de los ramos de hierbabuena, del corazón del pan que inaugura el mediodía / olviden túnicas etéreas / vengan envueltas en lenguas de fuego / laven sus trenzas con el llanto de la luna // palabras aviven mi voz.”

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“He tatuado un nombre en la mirada del olvido / entierro invisible / definitivo / no lloro / la muerte es una arcano menor / y el nombre no es tu nombre / el crepúsculo muestra su rostro de meretriz cansada / yo / trenzo la cabellera de los sauces.”

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“Estoy sentada y espero / en la orilla del río / quizás venga Edith Vera cabalgando los rumores / a contarme su pena legendaria / a la muerte no le interesan las penas de los muertos / gran caballo de Troya es Edith Vera, la negra / abre su vientre y alumbra poemas / a todos los muertos que están muertos por nosotros / y perdona las afrentas.”


—¿Vos eras amiga de Edith Vera?
—Muy amiga. Es decir, nos hicimos amigas en la desgracia de ella. Estaba en el Cruz Azul. Yo iba todos los sábados y los domingos, las últimas fiestas las pasó acá. A ella no le gustaba escuchar los textos de los otros y opinar, pero a mí me escuchaba. Si estaba bien asentía, y sino me decía “miralo un poco esta noche, cuando tengas tiempo”, pero hasta ahí nomás. Nunca se metía más que eso. Como todas las personas que están solas, que las abandonan y que les sirve de vez en cuando para hacer un corto para la TV o para hablar de ella, o para colgarse de los rulos de Edith, yo les daría tal patada (…), que me tendrían que llevar juntos para sacarme el zapato de adentro.

—Mientras ella estaba viva, poca gente se le acercaba, pero después…
—Nunca nadie iba a visitarla. Yo les preguntaba a las enfermeras. Les llevaba vajilla o cosas que ella le gustaban como la Seven Up Light, porque era diabética… La noche en que se murió, yo me quedé como hasta las 24 más o menos, y me preguntaban las enfermeras si yo era pariente y yo les respondía que no. No podía darle de comer porque estaba toda entubada. Las enfermeras me decían que nadie iba a verla. Yo me enteré en Río IV, y llamé y me preguntaban quien hablaba. “Soy Adriana Claudeville, la única que la va ver, así que si está internada dígame” (rememora enérgicamente). Me dijeron que estaba en el Cruz Azul, que se había descompensado; no era así, estaba inaugurando el camino de ida o de vuelta, según se vea. La dejaron sola, sola, sola (y lo dice cada vez con más fuerza y con una pincelada de bronca). Cuando presentaron el documental, no buscaron a las personas que debieran estar. Hay alguien que tiene la obra de Edith Vera, pero esa obra le pertenece a Villa María. Edith me decía que le llevara el libro negro donde ella escribía sus cosas, pero después, las cosas desaparecieron. Lo importantes es que Edith quedó en el imaginario popular, por más que le guste a algunos o no, quedó. Ella fue coherente con su pensamiento, no mintió, se las aguantó, es más, se aguantó que la gente le diera la espalda, ahí fue cuando ella se encerró en su casa. Que es muy distinta a la versión idílica que circula por ahí. Hablábamos mucho, me contó mucho de su vida, sobre algunos personajes de Villa María, etcétera… cuando me quiera hacer rica me voy a poner a escribirlas (risas).

—Pero es cierto, una vez que falleció mucha gente se prendió de allí, ¿no?
—Yo no hablo de lo que me contó, simplemente le hago recordar a todo el mundo, que la dejaron morir sola. Ella tenía mucho para dar, mucho para decir, pero si tuviera un amanuense, como se usa ahora hubiera podido dejar mucho más, pero ella no quería, sufría mucho la soledad. Yo al velorio no fui, porque a echarle tierra no podés ir, ¿para qué? En vida tenés que estar con la persona. A mí me cansan los ritos mortuorios, porque se basan en la falsedad y la hipocresía. Por eso mi mamá cuando murió no quiso ni velatorio, ni cortejo fúnebre; y yo le di la razón. Y me gustaría que conmigo hicieran lo mismo.


Los mates se acabaron y el ventilador vuelve a delatar su presencia. El constante sonido de las aspas rompiendo el aire en la pesada tarde del martes 6 de enero. Adriana, me agradece la visita y nos deja la invitación para otra oportunidad.
Ya volveremos poeta. Hasta entonces.
(*) Publicado en EL DIARIO del Centro del País, el domingo 22 de marzo de 2009.-

miércoles, 11 de marzo de 2009

Fernando de Zárate. Poeta de tempestades

FERNANDO de ZÁRATE
Poeta de tempestades





No recuerdo como lo conocí.
Puedo retrotraerme en el tiempo hasta el momento que creo fue el primero.
Me encontraba en la planta alta de la vieja Biblioteca Mariano Moreno sobre calle Santiago del Estero. Allí presentaba su segundo libro de poesías que decidió llamar Entre el Fuego y la Sed (2006).
Tampoco sé (a ciencia cierta) si me invitó, si sólo fui porque me gusta la literatura o porque quería algo de material para alguna nota. Me inclino por la segunda opción. El caso es que estaba allí una tarde, en los últimos meses de 2006. Él se rodeaba de amigos, de poetas, de público ávido de poesía. Con toda la humildad que lo caracteriza, socializó su poesía y la regaló al público presente.
Recuerdo que lo saludé y me invitó a bajar porque su familia había preparado un ágape para celebrar, yo estuve un momento y después abandoné el lugar por mi característica poco sociable.
Ese fue el primer encuentro con el poeta, después no sé cómo, pero ya nos juntábamos de vez en cuando en algún café para hablar sobre las cuestiones que nos interesaban. El café, un segundo hogar para Fernando o el espacio propicio para motivar su escritura. Ese lugar que desde antaño se ha convertido en el punto de encuentro de aquellos que ejercen la literatura. El ambiente propicio para el diálogo, para la creación, para la crítica más despiadada y veraz también. Álvaro Yunque dice que “la crítica de la mesa de café, es la única sincera, la única en absoluto independiente”. Y cuánta razón tiene, es allí donde nos reunimos para comentar los nuevos lanzamientos literarios, los comentarios elogiosos y despectivos de aquellos que escriben en la ciudad y alrededores, y donde también disfrutamos de esta genial infusión oscura.
No estoy reunido con Fernando, pero me lo imagino sentado a mi lado en una de las mesas de algún costado o del fondo… mira a los transeúntes y desgaja parte de su vida ante mí.
Bebe su café liviano mientras me confiesa plañidamente no escribir como lo demás poetas de la ciudad, sin percatarse de que eso es aún más valioso. En dos años que lo conozco escribió poemas extensos, cortos, micros, intentó con el cuento y sigue probando otras formas, está continuamente buscando el cambio. Un cambio que le permita estar un poco más cómodo con su poesía y consigo mismo, digo esto mientras recuerdo el final de un poema que confiesa “soy un hombre / arrodillado / tratando de encontrarse”.
Encontrar su lugar, como cuando se trasladaba varios kilómetros en su Citroën amarillo hasta Arroyo Algodón para dictar clases en la escuelita Dean Funes. Un trabajo que lo reconfortaba, el encuentro con los niños de primero a séptimo grado. Durante 18 años realizó esta actividad y luego se jubiló, pero su gusto por los chiquitines aún sigue intacto. Lo noto en su rostro cuando ve algún niño por ahí, lo noto cuando es capaz de viajar a jardines de infantes de localidades vecinas para leerles poemas, para contarles como es esta actividad mágica de crear sentidos con la palabra, lo noto cuando con su amiga Lelia Frías se ofrecen en cuanta actividad los inviten…
Pero Fernando no siempre escribió; lo hacía en el colegio secundario impulsado por un amigo con más experiencia, hasta que años después, por cuestiones laborales debió suspender su escritura. Hace ya casi 20 años atrás la poeta Susana Zazzetti dictó un taller de poesía en el que Fernando se inscribió; en ese espacio reactivó su compromiso con las letras hasta tomar la determinación de sacar a luz su primera publicación personal: Brújula y Viento (2003), del cual le deben quedar un par de copias nada más.
Este primer libro (al igual de los que vendrán) los imprimió en ediciones de autor por una cuestión ideológica. Fernando disfruta del dulce sabor que le deja publicar sus libros con el dinero ahorrado los meses previos y se da el gusto de repartir los ejemplares a la gente que aprecia. Considera además, que publicar en este tipo de ediciones, lo mantiene más libre de decir, de decidir y de hacer.
Después de su primer libro edito, debieron pasar tres años más para que nos regalase un nuevo texto llamado Entre el fuego y la Sed; allí desarrolla y desenrolla a manera de alfombra una poesía intimista y confesional. En palabras de Carlos Gazzera, “es un poemario contundente para delimitar lo que significa una subjetividad arrojada a la intemperie. Una inclemencia que traspasa los límites de la mera poesía y se inmiscuye en las gritas del Yo, en los intersticios de una sociedad que, indefectiblemente, se olvida de que los hombres que no alcanzan a ser felices, son el pasto de esa historia que se escribe con silencios.”
Pocos meses después y sin previo aviso, nos sorprende con una nueva publicación que editó sólo para su círculo de amistad; no hubo presentaciones, no hubo gran tirada, pero sí hubo el impulso de crear algo nuevo en lo que venía haciendo. Peón Caballo Rey (2006), apostó a la brevedad y concisión, y por qué no también a lo lúdico, nos dejó 28 pequeñas piezas para que cada lector las mueva a discreción y realice con ellas las jugadas que más le apetezcan. Su poesía, preñada de múltiples temáticas y preocupaciones se movió entre el infaltable amor, el dolor, el sueño, la soledad, el otoño y demás sensaciones y remembranzas. Están presentes además cuestiones tan trascendentales como la existencia, Dios, el hombre y los interrogantes universales sobre la vida misma. Un dato no menor es el saber que éste es su libro favorito.
Su última publicación es la más íntima, es su confesión de búsqueda mientras todo cambia y los recuerdos y la realidad inalterable consumen al hombre, al poeta. Escrito en la Tempestad (2007), no es sólo el nombre de este volumen, sino que es la frase con la que se podría definir la vida de un hombre buscando refugio, el refugio de la palabra.
Son cerca de las seis de la tarde. Creo tenerlo a Fernando a mi lado, pero mi imaginación viaja un poco más, lo sigo a él, caminando despaciosamente por las veredas de la ciudad, lleva un bolsito con sus apuntes y algún que otro libro sacado de la biblioteca. Pueden ser poemas, quizás cuentos o algún libro de jazz; es un lector desordenado de tiempos, estéticas, géneros… Sus anteojos redondos se reflejan en los grandes ventanales de los locales comerciales que atraviesa para llegar a uno de los cafés que frecuenta. Como ya dije es allí donde piensa, donde brota la mínima semilla de lo que luego será un poema o porqué no, un cuento, género que lo hace sudar, pero que le puede traer satisfacciones. Estira su pierna izquierda y mira a su alrededor, hace lo propio con la derecha y continúa su observación. Ve el centro diferente y se congoja al pensar en su ciudad natal, en la que transcurrieron todas las etapas de su vida. Se siente diferente, cada vez más un extraño o quizás en otro pueblo, porque los puntos de referencia con los que antes le hacían saber que estaba en Villa María, van desapareciendo. La vertiginosidad de los cambios, la embravecida construcción que no para de crecer y deglutir las antiguas casas y edificios, no hacen más que confirmar lo que piensa.
Llega. Se quita las gafas y me contacta visualmente.
Me saluda. Tomamos el café, hablamos y ya nos vamos.

—Dejá Fernando, ésta vez el café lo pago yo.



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De Zárate, BREVE
Nació y vive en Villa María. Fue maestro rural. Participó en Antología plural (Sade, 2002) en forma conjunta con otros escritores. Publicó en revistas locales y en las páginas de El diario del centro del país y “Corredor mediterráneo” del diario Puntal. Es autor de los poemarios Brújula y viento (2003), Entre el fuego y la sed (2006), Peón caballo rey (2006) y Escrito en la tempestad (2007). Se encuentra seleccionando poemas de lo que sería su próximo libro.




(*) Publicado en revista cultural Nativa, Villa María. Año 5, Edición Nº28, marzo de 2009.-