domingo, 21 de octubre de 2012

Iván Ferreyra. Un tipo RARO



IVÁN FERREYRA
Un tipo RARO
Nuevo poemario del escritor cordobés


Hablar de Iván Ferreyra es hablar de un tipo raro. Es alguien que sale fuera de lo común, alguien que dice y hace lo que piensa, alguien que sale desnudo a la calle a mostrarse como es. Auténtico. A la hora de presentarse Ferreyra deja de lado todas las poses eufemísticas y paquetas, para esgrimir su ecléctico vitae: “Sodero. Mecánico. Carnicero. Portero de edificio. Jugador de Fútbol. Escritor de horóscopos. Periodista. Gerente de whiskería. Vendedor de parcelas de cementerio parque. Vendedor de destornilladores de precisión a ciegos y gitanos. Manager de hinchas de fútbol. Editor. Divulgador de Discurso. Llenador de mariposas en la panza. Enfermero alpinista. Animador de feriados. Activista de internet. Performer. Blogger. Escritor.” En esta enumeración está la esencia que nutren sus escritos, quizás por ello las coloca a todas en el mismo nivel, porque todos han sido importantes y porque allí está la vida, la verdadera vida.
Acaba de publicar RARO, su quinto libro y segundo poemario. En esta oportunidad y a lo largo de 83 poemas Ferreyra habla de todo; al decir del poeta local Marcelo Dughetti este volumen “estalla como una bomba y vuelan miles de fragmentos”. Dentro de una cubierta negra y con letras en mayúscula sostenida, RARO nos genera intriga y curiosidad. Quien se tope con este libro está tentado a tomarlo. Podrá girarlo y leer en la contraportada “¿Dónde está Jorge Julio López?”, que es una de las tantas maneras que Ferreyra ha encontrado para seguir bregando por el paradero del albañil y militante peronista, desde su lugar, para que esta búsqueda no sea devorada por el olvido.
RARO es un libro de poemas, Ferreyra contradice todas las modas, un poemario de casi 100 piezas no es algo común. Quienes han leído sus anteriores novelas, seguramente ingresarán a la lectura con cierto prejuicio de encontrarse un Ferreyra oscuro, embrollado o revulsivo; sin embargo la oscuridad que ofrece las tapas de este libro, no alcanza para opacar la luz que se encuentra en su interior. Nos encontramos con un escritor sensible y hasta tierno que asevera que “publicar un libro es tatuarse una palabra hermosa”.
Dejamos así el espacio para que una poetisa, un fotógrafo y un periodista nos digan qué significa RARO para ellos. Cerramos con un poema del libro.



Por Darío Falconi
Fotos de Gabriel Magnesio, Verónica Meloni
y Secretaría de Cultura Municipalidad de Córdoba
eldiariocultura@gmail.com






LECTORES RAROS
POR: CECILIA DE LUCIO (POETA)

Raro es la abuela que nos duele.
Es el choripanero al que se le fueron las palabras
el día en que la tristeza se vistió de país.
Raro dice No puedo elegir el dolor de los demás
mientras guarda la luna entre sus ruedas.
Tiene el olor de la mujer que te atravesó
bordando
y de las que se quedaron a mirar tus cicatrices.
Es una conversación de día nublado. De perros y vecinas.
Raro está lleno de preguntas que rompen.
¿Dónde está Jorge Julio López?

Raro es el lugar de los que perdieron todo,
menos la ternura.








LECTORES RAROS
POR: RODRIGO DEL CANTO (FOTOGRÁFO)


Hoy estoy RARO o la rebelión de las palabras.

En la ruta del fracaso desmenuce verso a verso la poesía que desgarra.
Uno pronuncia esas palabras y no hay vuelta atrás.
Siente el cosquilleo de la cariñosa.
Destila destellos luminosos focalizados en una dirección.
Provocación.
Un punk rocker a lo Espinosa.
Duro por fuera, blando por dentro.
Nunca tengas un hijo con una persona que no entiende de sueños, ni que repite la palabra plata en su discurso infinitas veces.
Cuando terminé de leer RARO, corrí a comprar un vino tinto para aguantar la melancolía.
Porque todos somos raros.




LECTORES RAROS
Por Santiago Pfleiderer, diario Alfil, martes 25/09/12


Presagios del extrañamiento.

Raro (del latín rarus): (Adj.) Que se comporta de un modo inhabitual. Extraordinario, poco común o frecuente. Escaso en su clase o especie. Así es el nuevo libro de Iván Ferreyra.
Él es un escriba tatuado por la tinta de los muertos, de los desaparecidos, de los desengañados; tatuado por albinos, ciegos y mordido por perros callejeros. Iván Ferreyra recrea mitos desde las bocacalles, desde el Mercado Norte, desde Alberdi, desde Canals y La Carlota. El escritor que junto al dramaturgo Jorge Villegas y al poeta Omar Hefling llegó en un Ford K a La Higuera y a Vallegrande, los lugares donde asesinaron e inmortalizaron al Che Guevara.
Iván Ferreyra es un mensajero de cemento y graffiti. Oriundo de Canals (provincia de Córdoba), Iván –el N2- es el gestor cultural de los que no entran en las agendas. Ex boxeador y gerente de una whiskería, inventor de horóscopos, periodista y autor de los libros El Resentimiento, El hombre Que Ganaba Por Cansancio, Llueve y Bambi. También es el buscador incansable de Jorge Julio López, el editor de la revista Polosecki Magazine, de la editorial Antiplán y el creador de miles de blogs y de eventos para-kulturales como Otoño Sucio/Hermosa Tristeza, La Furia del Libro y los Jueves Malditos. Y acaba de presentar Raro, un nuevo libro de poemas.
Agitador cultural por excelencia, El N2 –como se denomina el escritor- es un activista en diferentes flancos. Desde Facebook provoca incansablemente. Y me refiero al activismo no como algo snob y puramente virtual, sino como una actividad constante de agitación desde la red social que se ve en hechos que se registran día a día en diferentes ámbitos de la ciudad: intervenciones artísticas y políticas, performances estéticas contra el aburrimiento de una ciudad donde comer choripanes de día es un delito.
En su prosa o en sus versos, Ferreyra le hace el aguante a Libros Son, a las editoriales independientes, a los músicos independientes, a los fotógrafos hermosos de esta ciudad como Tomás Barceló Cuesta, a Flay Belzagui y a los Músicos en la Calle. El Under es como un baño de hipermercado: montones de números haciendo cola al final de la noche para ir a mear. La tinta vibra en las noches donde un escritor le confiesa cosas a la mesa de un bar que cierra. Sonará feo para los pulcros oídos de algunos, pero la realidad tiene gusto a tinta y a vino en caja. Sino, váyanse al bar que está enfrente del colegio Monserrat y hablen quince minutos con el Cabezón Sotelo. Tiene boina roja y su compañía es una botella de Brahma.
Raro, el último libro de Iván Ferreyra (El Mensú Ediciones, 2012), contiene ochenta y tres poemas que se dibujan en una laguna oscura, en un terreno pantanoso como el delirio febril o experimentaciones oníricas donde el olor de una almohada, la oscuridad de una habitación cerrada, los besos y el perfume del sexo se mezclan con el olor a aceite quemado de las motitos de la rotisería y con las frutas podridas del Mercado Norte.
Al mejor estilo del poema “Sea (sounds of the Pacific Ocean at Big Sur)”, de Jack Kerouac, o a “Howl”, de Allen Ginsberg, Ferreyra escribe odas a realidades desvencijadas pero con cierto aire de exabrupto, de sorpresa y de una ingenuidad generada por el cansancio.
Los poemas son raros. Raro es que no aparezca Jorge Julio López. Raro es salir de joda un domingo, como los mozos y los peluqueros. Raro es ver un perro con brackets. Raro es que el Teatro Comedia no esté funcionando. Raro es tener sexo con una prima. Raro es el perdón, y raro es el resentimiento.
Uno va en la constante búsqueda de aquello que perdió, un camino hacia la redención. La vida es eso que te ocurre mientras la Mole Moli baila por un sueño. La vida es una sucesión de asados, dicen.




Nº02. MADE IN TAIWAN
Iván Ferreyra
de RARO


En la ciudad sin mar,
el amor es agua.

Mario cerraba el evento,
tiene cáncer en el cerebro me dicen,
hace un año que no toca.
Perdió un ojo y media boca,
pero no el corazón,
y Mario lo menciona mientras pide disculpas
por el fallo que nadie oyó,
nos ofrece Titanic y su Saxo,
el barco de su vuelta a la lucha.
Mario mira el mar,
a nosotros las lágrimas nos congelan la cara.
Ya en mi cabeza no suena otra cosa que un Cello
y una lluvia que no moja.
Una forma de debilidad me crece en la piel,
no se avanza arrodillado ante la tristeza,
el silencio de los que no cuidan
lastima más que un bisturí.
Me acostumbré a no joder,
como si en eso creara un manual
de instrucciones de supervivencia.
La poesía me abandonó,
me dejó en la calle,
hace días que no se banca mi dolor en el pecho,
mi tos histérica,
esa flema que reemplazó la sangre,
no tolera mi debilidad.
Me abandonó como quién lo hace
con lo que percude, resisto,
me rescato construyendo barcos
de papel glacé,
y solo soy un caballo con miedo en un salto ornamental.
La poesía me abandonó en una esquina,
está sentada al lado de la travestí
más linda del Mercado.
Mis dedos no sirven ni para señalar.



(*) Publicado en El Diario del Centro del País
Domingo 21 de octubre de 2012
Villa María, Córdoba, ARGENTINA.




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