miércoles, 11 de marzo de 2009

Fernando de Zárate. Poeta de tempestades

FERNANDO de ZÁRATE
Poeta de tempestades





No recuerdo como lo conocí.
Puedo retrotraerme en el tiempo hasta el momento que creo fue el primero.
Me encontraba en la planta alta de la vieja Biblioteca Mariano Moreno sobre calle Santiago del Estero. Allí presentaba su segundo libro de poesías que decidió llamar Entre el Fuego y la Sed (2006).
Tampoco sé (a ciencia cierta) si me invitó, si sólo fui porque me gusta la literatura o porque quería algo de material para alguna nota. Me inclino por la segunda opción. El caso es que estaba allí una tarde, en los últimos meses de 2006. Él se rodeaba de amigos, de poetas, de público ávido de poesía. Con toda la humildad que lo caracteriza, socializó su poesía y la regaló al público presente.
Recuerdo que lo saludé y me invitó a bajar porque su familia había preparado un ágape para celebrar, yo estuve un momento y después abandoné el lugar por mi característica poco sociable.
Ese fue el primer encuentro con el poeta, después no sé cómo, pero ya nos juntábamos de vez en cuando en algún café para hablar sobre las cuestiones que nos interesaban. El café, un segundo hogar para Fernando o el espacio propicio para motivar su escritura. Ese lugar que desde antaño se ha convertido en el punto de encuentro de aquellos que ejercen la literatura. El ambiente propicio para el diálogo, para la creación, para la crítica más despiadada y veraz también. Álvaro Yunque dice que “la crítica de la mesa de café, es la única sincera, la única en absoluto independiente”. Y cuánta razón tiene, es allí donde nos reunimos para comentar los nuevos lanzamientos literarios, los comentarios elogiosos y despectivos de aquellos que escriben en la ciudad y alrededores, y donde también disfrutamos de esta genial infusión oscura.
No estoy reunido con Fernando, pero me lo imagino sentado a mi lado en una de las mesas de algún costado o del fondo… mira a los transeúntes y desgaja parte de su vida ante mí.
Bebe su café liviano mientras me confiesa plañidamente no escribir como lo demás poetas de la ciudad, sin percatarse de que eso es aún más valioso. En dos años que lo conozco escribió poemas extensos, cortos, micros, intentó con el cuento y sigue probando otras formas, está continuamente buscando el cambio. Un cambio que le permita estar un poco más cómodo con su poesía y consigo mismo, digo esto mientras recuerdo el final de un poema que confiesa “soy un hombre / arrodillado / tratando de encontrarse”.
Encontrar su lugar, como cuando se trasladaba varios kilómetros en su Citroën amarillo hasta Arroyo Algodón para dictar clases en la escuelita Dean Funes. Un trabajo que lo reconfortaba, el encuentro con los niños de primero a séptimo grado. Durante 18 años realizó esta actividad y luego se jubiló, pero su gusto por los chiquitines aún sigue intacto. Lo noto en su rostro cuando ve algún niño por ahí, lo noto cuando es capaz de viajar a jardines de infantes de localidades vecinas para leerles poemas, para contarles como es esta actividad mágica de crear sentidos con la palabra, lo noto cuando con su amiga Lelia Frías se ofrecen en cuanta actividad los inviten…
Pero Fernando no siempre escribió; lo hacía en el colegio secundario impulsado por un amigo con más experiencia, hasta que años después, por cuestiones laborales debió suspender su escritura. Hace ya casi 20 años atrás la poeta Susana Zazzetti dictó un taller de poesía en el que Fernando se inscribió; en ese espacio reactivó su compromiso con las letras hasta tomar la determinación de sacar a luz su primera publicación personal: Brújula y Viento (2003), del cual le deben quedar un par de copias nada más.
Este primer libro (al igual de los que vendrán) los imprimió en ediciones de autor por una cuestión ideológica. Fernando disfruta del dulce sabor que le deja publicar sus libros con el dinero ahorrado los meses previos y se da el gusto de repartir los ejemplares a la gente que aprecia. Considera además, que publicar en este tipo de ediciones, lo mantiene más libre de decir, de decidir y de hacer.
Después de su primer libro edito, debieron pasar tres años más para que nos regalase un nuevo texto llamado Entre el fuego y la Sed; allí desarrolla y desenrolla a manera de alfombra una poesía intimista y confesional. En palabras de Carlos Gazzera, “es un poemario contundente para delimitar lo que significa una subjetividad arrojada a la intemperie. Una inclemencia que traspasa los límites de la mera poesía y se inmiscuye en las gritas del Yo, en los intersticios de una sociedad que, indefectiblemente, se olvida de que los hombres que no alcanzan a ser felices, son el pasto de esa historia que se escribe con silencios.”
Pocos meses después y sin previo aviso, nos sorprende con una nueva publicación que editó sólo para su círculo de amistad; no hubo presentaciones, no hubo gran tirada, pero sí hubo el impulso de crear algo nuevo en lo que venía haciendo. Peón Caballo Rey (2006), apostó a la brevedad y concisión, y por qué no también a lo lúdico, nos dejó 28 pequeñas piezas para que cada lector las mueva a discreción y realice con ellas las jugadas que más le apetezcan. Su poesía, preñada de múltiples temáticas y preocupaciones se movió entre el infaltable amor, el dolor, el sueño, la soledad, el otoño y demás sensaciones y remembranzas. Están presentes además cuestiones tan trascendentales como la existencia, Dios, el hombre y los interrogantes universales sobre la vida misma. Un dato no menor es el saber que éste es su libro favorito.
Su última publicación es la más íntima, es su confesión de búsqueda mientras todo cambia y los recuerdos y la realidad inalterable consumen al hombre, al poeta. Escrito en la Tempestad (2007), no es sólo el nombre de este volumen, sino que es la frase con la que se podría definir la vida de un hombre buscando refugio, el refugio de la palabra.
Son cerca de las seis de la tarde. Creo tenerlo a Fernando a mi lado, pero mi imaginación viaja un poco más, lo sigo a él, caminando despaciosamente por las veredas de la ciudad, lleva un bolsito con sus apuntes y algún que otro libro sacado de la biblioteca. Pueden ser poemas, quizás cuentos o algún libro de jazz; es un lector desordenado de tiempos, estéticas, géneros… Sus anteojos redondos se reflejan en los grandes ventanales de los locales comerciales que atraviesa para llegar a uno de los cafés que frecuenta. Como ya dije es allí donde piensa, donde brota la mínima semilla de lo que luego será un poema o porqué no, un cuento, género que lo hace sudar, pero que le puede traer satisfacciones. Estira su pierna izquierda y mira a su alrededor, hace lo propio con la derecha y continúa su observación. Ve el centro diferente y se congoja al pensar en su ciudad natal, en la que transcurrieron todas las etapas de su vida. Se siente diferente, cada vez más un extraño o quizás en otro pueblo, porque los puntos de referencia con los que antes le hacían saber que estaba en Villa María, van desapareciendo. La vertiginosidad de los cambios, la embravecida construcción que no para de crecer y deglutir las antiguas casas y edificios, no hacen más que confirmar lo que piensa.
Llega. Se quita las gafas y me contacta visualmente.
Me saluda. Tomamos el café, hablamos y ya nos vamos.

—Dejá Fernando, ésta vez el café lo pago yo.



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De Zárate, BREVE
Nació y vive en Villa María. Fue maestro rural. Participó en Antología plural (Sade, 2002) en forma conjunta con otros escritores. Publicó en revistas locales y en las páginas de El diario del centro del país y “Corredor mediterráneo” del diario Puntal. Es autor de los poemarios Brújula y viento (2003), Entre el fuego y la sed (2006), Peón caballo rey (2006) y Escrito en la tempestad (2007). Se encuentra seleccionando poemas de lo que sería su próximo libro.




(*) Publicado en revista cultural Nativa, Villa María. Año 5, Edición Nº28, marzo de 2009.-

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