lunes, 1 de septiembre de 2008

Enrique Doerflinger (Malas palabras 2ª Parte)

ENTREVISTA A
ENRIQUE DOERFLINGER
A PURA MALA PALABRA
SEGUNDO CAPÍTULO





“Las palabras se vacían y se cargan de intencionalidades a lo largo del tiempo.” Con esa expresión cerrábamos nuestro reportaje del domingo pasado. Enrique Doerflinger, profesor y amante de la lengua, continúa su exposición y cierra el diálogo vinculando las malas palabras y nuestro humor cordobés.
Un caso interesante, nos dice Enrique, “son aquellos insultos que eran denominaciones específicas a determinadas enfermedades mentales, términos como “estúpido”, “imbécil”, “idiota” fueron acuñados por los primeros padres de la psicología. Muchos de ellos registran en su origen una etimología latina o griega, por ejemplo “estúpido” está relacionado con estupefacto, con estupefaciente, la persona que está así no tiene capacidad de reaccionar ante determinados estímulos. El “idiota”, tiene componente griego que lo podemos encontrar en palabras como idiosincrasia; el idiota es aquel individuo que ha perdido su capacidad de relacionarse con el entorno y queda reducido a un sí mismo, a un “idios”. Eran tecnicismos para determinadas patologías que después fueron tomadas popularmente para utilizarlas como agravios.”

—¿Qué otro aspecto considera interesante resaltar?
—Es interesante como una mala palabra pronunciada en su momento exacto, de pronto, puede convertirse en un término irremplazable por otro. Recuerdo siempre la obra literaria “Los miserables” de Victor Hugo, cuando describe la batalla de Waterloo entre las fuerzas de Napoleón Bonaparte y las del general Wellington. Cuando la última tropa de Napoleón estaba haciendo la última resistencia contra los ingleses y uno de los generales del bando enemigo le dice “rendíos valientes franceses”, en ese momento el que estaba a cargo de los patriotas franceses dice la palabra más bella que un francés pueda pronunciar: “¡Merde!” (risas). Estamos hablando de una obra de literatura que es bellísima, admirable literariamente; sin embargo, de pronto cuando se utiliza ese término y no otro es porque no se puede encontrar un sustituto en ese momento que pueda concentrar lo que se quiere decir. Hasta una palabra nos presenta la paradoja, que aún en su carácter ofensivo, de tabú, si es pronunciado en un momento dado puede convertirse en un término glorificador de todo un colectivo.

—Que interesante la cuestión del tabú, como llama la atención de los chicos y de los grandes también; porque hay libros que se titulan con malas palabras, programas de TV donde se emplean sin cesar, en fin, productos que atraen consumidores por emplear esas palabras.., ¡y venden!
—En general podemos decir que el morbo atrae, las palabras que aluden a la genitalidad ejercen cierto magnetismo en la gente. Pensemos por ejemplo en un producto como podría ser el de Enrique Pinti, que conocemos por sus monólogos o su participación en obras de teatro y películas. Es bastante conocida que su afición a utilizar gran abundancia en sus parlamentos. Hay público que su actuación le choca y hay otra que lo va a ver porque quieren oírlo hablar así. Si uno observa discursivamente los parlamentos, como todo lo que él refiere, que puede dar una lección de historia argentina desde la colonia hasta nuestro tiempo, lo elabora de una manera bien lograda, que casi las malas palabras que permanentemente mecha en sus monólogos, pueden pasar desapercibidas. Ahí uno se vuelca a las diferentes ideas que el tiene, en este producto como que las malas palabras pasan a un segundo plano. Tal vez no se le disculparía si los contenidos que sarcásticamente quiere exponer en esos productos textuales al modo de ser de los argentinos, a la clase dirigente, etcétera; si eso no fuese muy bien logrado aflorarían a un primer plano las palabras. Algunos artistas que emplean malas palabras de manera recurrente y abusiva terminan siendo algo burdo; porque más allá de trabajar con vedettes, con modelos espectaculares, hay una pobreza de ideas que se evidencia. El tema del humor está íntimamente vinculado con el lenguaje y si no hay inteligencia que se vierta en palabras, el humorismo se pierde y se convierte en chabacanería, en vulgaridad, porque lo que denota es la falta de inteligencia.

—Recién mencionabas a Enrique Pinti, pero también hay otro personaje que es muy recordado por todos nosotros que es el Negro Fontanarrosa. Su intervención en el Congreso Internacional de la Lengua exponiendo sobre las malas palabras ha dado la vuelta al mundo. ¿Qué opinás al respecto?
—No tengo más que palabras de profunda admiración para con el querido Negro. Su pérdida ha sido lamentable, pero como todos los grandes dejó un suelo muy fecundo, porque el humor argentino tiene un antes y un después de Fontanarrosa. El haber creado personajes tan entrañables, el haber volcado toda una mirada irónica y risueña, al mismo tiempo que con cariño hacia la realidad nuestra, lo vuelve un personaje eterno. Aún nos podemos ver reflejados en su obra, en su afabilidad, todos lamentamos muchísimo su pérdida, pero quedamos con la alegría de saber que existo y que dejó mucho obra. Y bueno, quién mejor que él para dar una clase magistral ante todos los académicos de lo que significa las malas palabras desde este punto vivencial.

—Mientras lo escuchaba ese día y todo el auditorio se reía a carcajadas, pensaba, cuánta verdad encerraban sus ocurrencias…

—Cuanta verdad… Cuando nosotros reflexionamos sobre las palabras que muchas veces utilizamos sin saber porqué, y que de pronto venga alguien y que se cuestione el porqué; el vernos reflejarnos en esas situaciones provoca una especie de mirada indulgente de nosotros mismos. Allí vemos que estas reflexiones sobre la lengua, gozan de carácter universal, el tema de la universalidad, de saber que todos somos usuarios de una lengua que tiene un Quijote coexistiendo con productos banales o viles…

—¿El año pasado dictó un curso sobre las malas palabras?
—No, en 2007 di un curso sobre el humor y sus vertientes lingüísticas. Es un tema que me ha parecido de lo más fascinante y porque además se lo desdeña un poco en el nivel universitario. Yo sostengo que al humor hay que tomárselo muy en serio, forma parte de la naturaleza del hombre y de la sociedad. Siempre he encontrado la posibilidad de explotarlo, no solamente desde lo lingüístico estrictamente, sino que es un área que se puede abordar desde la interdisciplina: desde el análisis del discurso, psicología, psicoanálisis, filosofía; es decir, el humorismo es algo que ha interesado desde tiempos muy remotos y de disciplinas muy diversas; pero estaba faltando una mirada en profundidad desde lo lingüístico.

—Podemos decir también que los cordobeses son como un modelo del humor.

—Sin duda. El humor cordobés tiene marca registrada, tiene un sello de identidad que nos tiene que poner orgullosos, porque forma parte de un patrimonio cultural. Ahora que se está hablando de los patrimonios culturales, no sólo de los materiales sino simbólicos, el lenguaje es sin duda un patrimonio. Los lenguajes regionales, las lenguas minoritarias en cuanto que no son las lenguas dominantes, son parte de un patrimonio colectivo nacional y el humor se puede considerar como parte del patrimonio cultural y social de los cordobeses. Sin desdeñar que en otras partes del país existen muy buenos humoristas, cada uno con su modalidad propia, pero indudablemente que la ocurrencia, el ingenio, la chispa, la espontaneidad que tiene el cordobés a veces no se ven en otros ámbitos.





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En el marco del Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Rosario en 2004, nuestro recordado Roberto Fontanarrosa, fue invitado a una de las mesas para hablar sobre la internacionalización del español. Conviene aquí reproducir parte de su exposición, la que se constituyó como una intervención memorable.



LA INTERNACIONALIZACIÓN DEL ESPAÑOL

Por Roberto Fontanarrosa
Adaptación de www.congresosdelalengua.es


No sé que tiene que ver con lo de la internacionalización, que, aparte, ahora que pienso, ese título lo habrán puesto para decir que una persona que logra decir correctamente in-ter-na-cio-na-li-za-ción es capaz de ponerse en un escenario y hablar algo —porque es como un test que han hecho—.
Algo tendrá que ver el tema, éste, el de la malas palabras, por ejemplo, con éste, como el que decía el amigo Escribano (José Claudio Escribano), se nota que es tan polémica esta mesa que es la única a la que le han asignado «escribano» para que se controle todo lo que se dice en ella.
Creo que es un aporte real en cuanto al intercambio, me ha tocado vivir cuando he tenido que acompañar a la selección argentina a partidos (de fútbol) en Latinoamérica. El intercambio que hay en esos casos de este lenguaje es de una riqueza notable; es más, en Paraguay nos decían «come gatos» que es, estrictamente para los rosarinos, «un rosarinismo».
Un Congreso de la Lengua, es más que todo, para plantearse preguntas. Yo como casi siempre hablo desde el desconocimiento, me pregunto por qué son malas las malas palabras, quién las define como tal. ¿Quién y por qué?, ¿quién dice qué tienen las malas palabras?, ¿o es que acaso les pegan las malas palabras a las buenas?, ¿son malas porque son de mala calidad?, o sea que ¿cuando uno las pronuncia se deterioran? o ¿cuando uno las utiliza, tienen actitudes reñidas con la moral?
Obviamente, no se quién las define como malas palabras, tal vez sean como esos villanos de viejas películas como las que nosotros veíamos, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos.
Tal vez nosotros al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas, lo que yo pienso es que brindan otros matices muchas de ellas. Yo soy fundamentalmente dibujante, con lo que uno se preguntará: ¿qué hace ese muchacho arriba del escenario? Manejo muy mal el color, por ejemplo, pero a través de eso sé que cuanto más matices tenga uno, más puede defenderse, para expresarse, para transmitir, para graficar algo, entonces, ¿hay palabras, palabras de las denominadas malas palabras que son irremplazables, por sonoridad, por fuerza, algunos incluso por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta o zonza que decir que es un pelotudo. Tonto puede incluso incluir un problema de disminución neurológica realmente agresivo.
El secreto de la palabra pelotudo, ya universalizada —no sé si está en el diccionario de dudas—, está en que también puede hacer referencia a algo que tiene pelotas. Puede hacer referencia a algo que tiene pelotas que puede ser un utilero de fútbol que es un pelotudo porque traslada las pelotas; pero lo que digo, el secreto, la fuerza; está en la letra t. Analicémoslo —anoten las maestras—: está en la letra t, puesto que no es lo mismo decir zonzo que decir peloTUdo.
Otra cosa, hay una palabra maravillosa que en otros países está exenta de culpa —esa es otra particularidad, porque todos los países tienen malas palabras pero se ve que las leyes de algunos países protegen y en otros no—, hay una palabra maravillosa, decía, que es carajo. Yo tendría que recurrir a mi amigo y conocedor, Arturo Pérez Reverte, conocedor en cuanto a la navegación, porque tengo entendido que el carajo era el lugar donde se colocaba el vigía, en lo alto de los mástiles de los barcos para divisar tierra o lo que fuere, entonces mandar a una persona al carajo era estrictamente eso, mandarlo ahí arriba.
Amigos mexicanos con los que estuve cenando anoche me estuvieron enseñando una cantidad de malas palabras mexicanas. Ahora que lo pienso creo que me estaban insultando porque se suscitó un problema con la cuenta a la hora de pagar. Me explicaban, que las islas Carajo son unas islas que están en el océano Indico.
En España, el carajillo es el café con coñac y acá apareció como mala palabra, al punto que se llega a los eufemismos se decía caracho es de una debilidad absoluta y de una hipocresía... ¿no?
A veces hay periódicos que ponen: «El senador fulano de tal envío a la M a su par…». La triste función de esos puntos suspensivos, realmente el papel absurdo que están haciendo ahí, merecería también una discusión acá, en el Congreso de la Lengua.
Voy a ir cerrando, hay otra palabra que quiero apuntar que creo es fundamental en el idioma castellano, que es la palabra «mierda», que también es irremplazable. El secreto de la contextura física está en la r —anoten las docentes— porque es mucho más débil como lo dicen los cubanos: miELda, que suena a chino y eso —yo creo que ahí está la base de los problemas que ha tenido la Revolución cubana—, quita de posibilidades de expresiva.
Voy cerrando, después de este aporte medular que he hecho al lenguaje y al Congreso, lo que yo pido es que atendamos a esta condición terapéutica de las malas palabras. Mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría (no quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación de estas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas. Vivamos una navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar.
(*) Publicado en EL DIARIO DEL CENTRO DEL PAÍS, el domingo 31 de agosto de 2008.-
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