miércoles, 31 de diciembre de 2003

A 125 años de la muerte de Horacio Quiroga

A 125 años del natalicio de Horacio Silvestre Quiroga
Darío Rubén Falconi
Ilustración de Emanuel Falconi

A pesar de que hoy se cumplen 125 años del nacimiento de Horacio Silvestre Quiroga (31 de diciembre de 1878 - 19 de febrero de 1937), y a 66 años de su muerte, no se ha recopilado y editado la (supuesta) totalidad de sus escritos. Cartas, material iconográfico, originales de cuentos, correcciones a textos, manuscritos, fotografías, dibujos, y una serie importante de documentos relacionados con su vida, se encuentran en el Archivo Horacio Quiroga en el Departamento de Investigaciones de la Biblioteca Nacional de Montevideo; faltarían recoger y editar las cartas que HQ le escribió a su segunda esposa María Elena Bravo y tal vez algunos otros textos desconocidos sin exhumar.

Sus muertes
Quizás, la visión que se tiene de HQ no sea la más apropiada, porque su nombre remite generalmente a muerte; claro está que este aspecto es innegable: su padre muere después de regresar de cacería, cuando al querer descender del bote en que venía se le disparó el arma (14/03/1879); su padrastro afásico e inválido, presionó con el dedo del pié el gatillo luego de colocarse el caño de la escopeta en la boca (05/09/1896); en un duelo que se iba a disputar entre su amigo Federico Ferrando y Guzmán Papini y Zás, HQ examina la pistola y la accionó accidentalmente (05/03/1902); el 06 de noviembre de 1915 su primera mujer Ana María Cires, luego de una fuerte discusión con HQ tomó sublimado y agonizó hasta su muerte (14/11/1915); en 1933 el presidente del Uruguay Baltasar Brum, amigo de HQ, se suicidó para no caer en las garras de los que le propiciaron un golpe de estado; unos años después HQ es internado en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires por dolores en la zona de su miembro, pasaron unos meses y luego de discutir con sus médicos por la demora en su operación, dedujo que poseía cáncer de próstata, lo encontraron al día siguiente muerto en su cama y en la mesita de luz un vaso con restos de cianuro (19/02/1937); pero la muerte insaciable se llevará al año siguiente las vidas de Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni, quienes deciden suicidarse, el primero de ellos curiosamente el mismo día que HQ con la misma sustancia en la Isla del Tigre, y la segunda se arrojó al mar luego de escribir el soneto “voy a dormir”, ambos eran grandes amigos de HQ; ya en 1939 su hija Eglé se quitaría la vida, al igual que Darío –su otro hijo- en 1951. HQ tuvo tantas veces a la muerte delante suyo que terminó por no temerle, él solo quería cumplir con su objetivo, es decir, con su obra; de esta manera le expresa a Martínez Estrada “Yo fui o me sentía creador en mi juventud y madurez, al punto de temer a la muerte, exclusivamente, prematura. Quería hacer mi obra, los afectos de mi familia no pesaban la cuarta parte de aquella ansia.” “Cuando consideré que había cumplido mi obra -es decir que había dado de mí ya todo lo más fuerte- comencé a ver la muerte de otro modo. Algunos dolores, inquietudes, desengaños, acentuaron esa visión. Y hoy no temo a la muerte, amigo, porque ella significa descanso.”(2)

El museo
Después de la muerte de HQ su casa en Misiones fue saqueada, se convirtió en “(...)refugio de haraganes, en comisaría, en mingitorio” (3). Hoy sus casas, la de madera (reconstruida para la película Historias de amor, de locura y de muerte) y la de piedra, se transformaron en museo, donde se puede observar sus objetos personales como la máquina de escribir, la motocicleta con la cual recorría a grandes velocidades San Ignacio y la utilizara para viajar a Rosario para visitar una amiga; fotos; libros generalmente relacionados con las tareas manuales y las ciencias; su taller de herramientas; la vista hermosa al Paraná; las palmeras que el mismo sembró, Etc.
HQ, más que un escritor fue un motor generador de empresas de distinto tipo, le interesaba sumamente: la agricultura (sembró algodón, gramilla, orquídeas, palmeras, ananás, yerba mate), los adelantos tecnológicos, la carpintería (construyó su propia canoa, los muebles para su bungalow, su casa de madera), la construcción en general (fabricó vestidos, calzados, juguetes para sus hijos, hacía yateí, dulce de miel y cacahuate, maíz partido), era un gran inventor (máquinas para combatir las hormigas, para moler maíz o destilar naranjas, cáscaras abrillantadas de apepí, tintura de lapacho precipitada por la potasa, carbón para palear, mosaicos de bleck y arena ferruginosa, resina de incienso por la destilación seca, extrajo caucho, fue constructor y secador de carriles). También ofició de partero de su primera hija en medio de la selva, remó 120 kilómetros entre San Ignacio y Posadas ida y vuelta en varias oportunidades, fue Juez de Paz, crítico, rozó su territorio a machetazos hasta transformar la selva misionera en un paraíso, en su “país” -como él le llamaba-, el país de “don Quiroga”. Sus amigos comentaban que cada vez que estaba en Buenos Aires, visitaba las ferreterías donde se interiorizaba sobre los nuevos adelantos tecnológicos, probaba herramientas, miraba tornillos; se complacía tanto en visitar bibliotecas como en ferreterías. Dentro de sus lecturas, además de los maestros franceses, yanquis y rusos, frecuentaba manuales de ciencia, técnica, física, química, y de artes manuales; estas actitudes y aptitudes lo convirtieron en un verdadero homo faber.

Crítico de cine
Pero además de estas actividades, se podría decir que era un precursor, ya que se interesaba por temas que casi nadie le daba importancia, como el cine mudo. Ahondó en el séptimo arte, ya desde tiempo atrás su fascinación por la imagen lo llevo a visitar las ruinas de San Ignacio, en una expedición que encargó el gobierno a Lugones, en donde HQ era el fotógrafo. Su interés no se colmó con ser espectador/crítico de las películas de la época, sino que intentó fallidamente llevar alguno de sus relatos a la pantalla grande; o bien aplicó recursos cinematográficos a sus cuentos, como el zoom en El hombre muerto.

El escritor
En relación a la crítica del Quiroga/escritor, Jorge Luis Borges dijo que “HQ hizo mal lo que Kipling ya había hecho bien”, Adolfo Bioy Casares lo juzgó de igual manera, otros en cambio lo redujeron al escritor de la muerte y de la selva, o “escritor de cuentitos”.
Muchos críticos han dicho que HQ ha escrito mal (gramaticalmente hablando), pero si su obra fue mal escrita habría que poner en la balanza sus dos novelas; un libro de lectura para el 4to. grado escrito en colaboración; un libro de poemas, relatos breves y rara prosa poemática; una obra de teatro; siete libros de cuentos; otro de cuentos para niños; o bien, 247 cuentos publicados en total; 71 críticas a filmes nacionales y extranjeros publicados en Caras y Caretas, Atlántida, El Hogar, y en La Nación; un puñado de poemas; una obra de teatro completa y alguna inconclusa; también guiones cinematográficos; casi una decena de folletines; 29 “biografías ejemplares” publicadas en Caras y Caretas en 1927; más de 330 cartas enviadas a amigos, familiares, entre otros; una serie de textos teóricos sobre la poética del cuento. En conclusión, si afirmamos que HQ escribió mal, “(...) entonces habría que fundar una antipoética, una estética a la medida de ciertos escritores incorrectos. O repensar que significa escribir bien cuando se habla de literatura, no de gramática.”(4) A esta apreciación agrego lo siguiente, si hoy en vísperas de un año nuevo y comenzando el siglo XXI, en nuestras lecturas seguimos recurriendo a escritores de la talla de HQ, creo que hay que valorar la permanencia de los mismos, más allá de la gramática, o sino ¿de qué sirve escribir “correctamente” los textos, si estos pasan desapercibidos y olvidados en los estantes de cualquier biblioteca?


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(*) Alumnos del último año del Profesorado en Lengua Castellana de la Universidad Nacional de Villa María y personal No Docente de esa misma casa de altos estudios.
(1) Hermano del autor.
(2) Martínez Estrada, Ezequiel: El hermano Quiroga. 2da. edición, 1969, Montevideo, Arca/ensayo y testimonio, p. 95.
(3) Ob. Cit. p. 10.
(4) Castillo, Abelardo en: Horacio Quiroga: Todos los cuentos. 2da. edición, 1996, ALLCA XX, p. XXIX.
(*) Publicado en EL DIARIO DEL CENTRO DEL PAÍS el miércoles 31 de diciembre de 2003.-
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