domingo, 6 de noviembre de 2005

10º Aniversario Explosiones Fábrica Militar Río Tercero

FOTOGRAMAS DEL HORROR
Relato de una experiencia


-¡Qué bueno, no tenemos más clases!
Recuerdo haber expresado algo así. Minutos después de las nueve de la mañana estaba en el patio del Colegio Nacional José Hernández y decidí reingresar al edificio. Subí las escaleras y entré al aula que se encontraba con la puerta arrancada, los bancos por el suelo, los útiles desparramados y cubiertos por una importante capa de polvillo. Luego de segundos logré dar con mi carpeta de tres ganchos y mi cartuchera; los levanté y salí con cierto temor interno, pero demostrando indiferencia en lo externo. Este segundo viaje hacia afuera fue más sereno, ya que no quedaba nadie en el inmueble. Mientras descendía pude percibir la desaparición completa de la preceptoría, algunos boquetes en las paredes y capté el crujir de los cristales a mi paso. Nadie entendía nada. Ya afuera, caminé contento por ser un día viernes y porque de seguro, luego de ver los destrozos, nos tocarían unas mini vacaciones.

Mi casa se encontraba a 700 metros del establecimiento educativo y a escasos 300 metros del tejido perimetral de la Fábrica Militar Río Tercero. Son casas que conforman un complejo habitacional, diseñado con ciertas normas de seguridad para eventuales desastres naturales... pero no humanos.
Vi gente que corría despavorida, mujeres que gritaban y niños que lloraban. Absolutamente todos circulaban en sentido contrario al mío, y yo, con mis dieciséis años creía realizar la mayor hazaña de mi vida al dirigirme (inconscientemente) como una flecha al centro del peligro.

Inmediatamente, desde el fondo de la calle, una furiosa llamarada de aproximadamente trescientos metros se disparó hacia el cielo y me petrificó. A los pocos segundos escuché un profundo silencio y seguidamente, la explosión más fuerte que mis oídos escucharían jamás. La detonación fue tan potente que cortó un cable de alta tensión que cayó sobre mi hombro y me devolvió la razón; afortunadamente pude atravesar la calle e iniciar la carrera más larga de mi vida para la cual no había entrenado. El hilo negro, gruesísimo, viboreaba en las baldosas ajedrezadas produciendo un espectáculo que pocos habrán tenido la oportunidad de registrar.

Todos integrábamos una gran estampida humana que buscaba escapar de lo que venía del cielo: bombas, esquirlas, tubos de gas que caían retorcidos, maderas encendidas y otros objetos; aunque yo no vi nada de eso, sólo semanas después a través de los medios de prensa que priorizaron la noticia (y el espectáculo).
El sol golpeaba poderosamente nuestros rostros que comenzaron a sudar, y como por arte de magia comenzó a llover. ¿Llover?, sí, pero no era el líquido fresco, tan preciado que tanto hacía falta; sino arena. Se usaba para resguardar los laterales de los polvorines. Esquivando gente, automóviles y todo obstáculo que se presentase, llegué finalmente a la terminación de la calle, pero me di cuenta de ello por un alambrado de púas que me informaba sobre el inicio de la zona rural. Atravesé ese escollo y continué, ya caminando, por la tierra seca y arada, que tragaba mis calzados dificultando mi avance. Estaba exhausto, mi lengua estaba reseca y me dolía el vientre por el gran esfuerzo y la mala respiración.

Continué así y finalmente me interné por las arterías céntricas que desembocaban a la salida de esa localidad, nuestro Río Tercero. Caravanas de autos, camiones recargados de personas, motos, gente en bicicleta y a pie desfilaban a paso de tortuga configurando un cuadro de tristísimo éxodo hacia Villa Ascasubi y las demás localidades que nos albergaron en esas funestas horas.

En ese lugar, a un costado de la calle vi una figura que me parecía conocida. Encontré a mi padre como a las seis de la tarde, y una hora después, al resto de mi familia. Habían pasado muchas horas, no había celulares, los teléfonos no funcionaban y era muy difícil comunicarse con alguien en medio de todo el desastre. mi padre me llevaría con mi familia que estaba en un casa de familia en uno de los extremos de la ciudad. En ese momento dejé sobre una mesa la carpeta y mi cartuchera que tenía aferrada desde hacía diez horas sin darme cuenta, abracé a mi mamá que lloraba desconsolada.

Mi familia, se había quedado toda en casa, a pocos metros de las incesantes explosiones. Se habían refugiado debajo de una escalera, no podían salir bajo la lluvia de objetos que caían incandescentes y que dibujaban siluetas en el asfalto, que aún perduran, como recordatorios indelebles de ese horror. Mi abuelo sufrió varios infartos y pudo ser atendido varias horas después cuando bomberos y otros voluntarios pudieron ingresar a la denominada “zona roja”. Los eternos árboles que custodiaban el predio de la fábrica se redujeron a troncos desnudos que de cierta distancia daban la impresión de ser fósforos quemados.

Un mes más tarde, la celebración de Navidad y Año Nuevo tuvo cierto toque de originalidad, de manera unánime y sin meditarlos en toda la ciudad, se trocaron los estruendos de la pirotécnica por los cálidos abrazos, los suaves besos e inaudibles llantos.

Río Tercero se dio a conocer al mundo por su desgracia, recuerdo todavía haber visto soldados de casi todos los continentes, robots que se empleaban para inutilizar explosivos, y no faltaron los que venían desde tierras remotas con el fin de observar más de cerca este “fenómeno turístico”.

El año lectivo culminó con anterioridad, aunque debo reconocer que en menos de una semana aprendí más vocabulario del que podría internalizar en casi toda la secundaria. Palabras, “malas palabras” engrosaron mi diccionario personal: allí están las esquirlas, onda expansiva, trotyl, polvorín, espoleta, tráfico de armas, Menem...

No deja de asombrarnos que para una ciudad con 43.000 habitantes, sólo siete personas murieran y unos 300 resultaran heridos. Pero quizás lo grave sea adicionarle a estos números situaciones cotidianas en donde los niños se aterrorizan en cada noche de tormenta o con un simple golpe de puerta... El daño psicológico se instaló en muchos y se agudizó en las criaturas.

Los integrantes del gobierno sostuvieron desde ese mismo 3-N 1995 que todo era un accidente y hasta reprobaron fuertemente la idea de atentado. La frase de nuestro presidente obligando a los periodistas a difundir la idea de un "accidente" quedó grabada en diferentes videos y en nuestras memorias. Hace dos años, ¡dos años! se demostró que las explosiones fueron programadas por expertos y manipuladas para dirigir las ondas expansivas. El gobierno “se portó bien” con las indemnizaciones, ya que la gran mayoría de la gente cobró dos o tres veces más de lo que debía recibir por el daño en sus bienes muebles e inmuebles. Pero, usted y yo sabemos bien que no existe valor monetario que destierre de nuestra cabeza el miedo que se instaló ese 3 de noviembre y que terminó de enraizarse el 24 con otra explosión incontenida.

Asombro me causó la lectura de un artículo reciente que informaba sobre el intento de anular dicho peritaje; noticias como ésta reabren las heridas que aún continúan sangrando. Una onda expansiva que alcanzó a muchos y desperdigó esquirlas que se incrustaron en lo más profundo de los habitantes de Río Tercero, de mi ciudad.

Estas palabras están dedicadas a Aldo, Elena, Hoder, José, Laura, Leonardo y Romina; pero también para todos aquellos que se quedaron a resistir y pelear, desde los distintos ámbitos, contra este absurdo acontecimiento que [re]torció el rumbo de nuestras vidas y las de los que vendrán.



(*) Publicado en EL DIARIO DEL CENTRO DEL PAÍS, el domingo 06 de noviembre de 2005.-
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