domingo, 29 de julio de 2012

Horacio Quiroga. Vocación y sudor en las letras rioplatenses


HORACIO QUIROGA


VOCACIÓN Y SUDOR EN LAS LETRAS RIOPLATENSES







“El arte es, pues, un don del cielo;
pero su profesión no lo es.”


Horacio Quiroga - La profesión literaria.





La historia de Horacio Quiroga es atrapante, quizás, mucho más que sus propios cuentos.
La presente nota intenta mostrar algunos de los aspectos que envuelven la vida de este gran creador, que a principios de siglo, y desde un inhóspito lugar forjó, su vida, su obra y el mito. Un hombre que se construyó a sí mismo como uno de los primeros escritores profesionales del país y que luchó por el estatus del intelectual. Priorizamos, en esta oportunidad, algunas de las empresas que Quiroga emprendió y como su escritura navegó por las aguas del cuento “para adultos” y al mismo tiempo, en las aguas de la literatura infantil. Esbozaremos también su pasión por el cine mudo, que lo motivó a transponer en sus escritos, algunos recursos que este arte comenzaba a desarrollar.
En suma, un pequeño itinerario, de los múltiples posibles, que culmina con dos opiniones encontradas sobre uno de sus cuentos más populares.


Por Darío Falconi
eldiariocultura@gmail.com


Uruguayo, nacido en Salto en 1878, llegó a la Argentina luego de la desgracia que le ocurriera al disparársele una pistola y matar su amigo Federico Ferrando. Antes había visitado el país con un amigo para conocer a Leopoldo Lugones, y declararle su devoción. En 1903 se alistó como fotógrafo en una expedición a las ruinas jesuíticas de San Ignacio, que Joaquín V. González le encomendó al autor de “Romances del Río Seco”. Allí descubrió y se deslumbró con el universo misionero.
Poco tiempo más tarde, con el dinero de la herencia paterna y gracias a las facilidades que le otorgó el Estado, compró 185 hectáreas en San Ignacio, en una meseta con vista al Paraná. Acondicionó ese terreno que muchos consideraban improductivo, levantó su bungalow y su casa de piedra, y con el tiempo, la convirtió en el paraíso que soñó; el hogar que pensó para vivir con su familia, aunque los suyos no lo creyeron así.


LA MUERTE Y EL HOMOFABER
La muerte en Quiroga es una constante, que muchas veces nos hemos ocupado de resaltar en los análisis o comentarios; porque si bien es cierto que este hecho es innegable, pareciera ser el único que existe en el imaginario social. Nos limitaremos solamente a decir que la cadena trágica abarcó todos los miembros de su familia, pero no culminó con la propia; se prolongó como dice Jorge Lafforgue, como un “eco maldito” hacia sus amigos y a sus tres hijos.
En Misiones Quiroga se transformó en nuestro Robinson Crusoe, un hombre multifacético e hiperactivo. Fue su propio albañil, carpintero, cazador, inventor de pequeñas maquinarias, artesano, cocinero, entre otras muchas profesiones; sin dejar de ser padre y escritor.
Un rasgo característico fue su afán por la perfección en sus emprendimientos, las cartas que le envió a su peón Isidoro Escalera, revelan al hombre muy meticuloso, que indicó epistolarmente -cuando residía en Buenos Aires- como debía hacerse tal o cual cosa; explicó con lujo de detalles las medidas de lo que quería construir, el material a utilizar, el lugar donde debía colocarse e incluyó croquis a modo de muestra, para evitar confusiones.
Generalmente se levantaba muy temprano y su infatigable andar, culminaba a altas horas de la noche cuando lo vencían el sueño en complicidad con el cansancio; hay cartas a Ezequiel Martínez Estrada, su hermano de alma, donde detalla cronológicamente (con horas y minutos) las actividades que realizaba en la jornada.


EL ESCRITOR PROFESIONAL
Al parecer de muchos intelectuales, el autor de “Los desterrados” se manifestó contradictorio, no era como los demás un “intelectual de los libros”, sino un “intelectual de la vida”. No se ajustaba a la definición tradicional de escritor, su aspecto era descuidado y dedicaba muchas horas al trabajo manual; al caer la noche leía, o bien plasmaba sus ideas en el papel. Su ser era como el ying/yang, una perfecta homeóstasis entre el trabajo duro y el intelectual.
En sus cuatro décadas de escritura literaria, publicó poemas, cuentos, novelas, teatro, y algunas de sus variantes; pero aparcó en el género corto y profundizó en él como nadie lo había hecho. Cuentista innato le escribió a César Tiempo (seudónimo de Israel Zeitlin), “Salvo opinión mejor, creo que no se me puede sacar del cuento. No dejan de ocurrírseme situaciones escénicas; pero las resuelvo contadas”.
En las primeras décadas del 1900, el cuento no gozaba de prestigio, Quiroga luchó por darle el lugar que Edgar Allan Poe le dio en Estados Unidos y creemos que lo consiguió; teorizó sobre el arte de narrar, y opinó públicamente sobre la situación de los escritores. Para ello recomendamos revisar artículos como “El manual del perfecto cuentista”, “La retórica del cuento”, “Los trucs del perfecto cuentista”, “La profesión literaria”, “Decálogo del perfecto cuentista” o bien el tomo VII de las “Obras inéditas y desconocidas”.
El salteño fue un eslabón fundamental en el proceso de formación de los escritores profesionales, entendido a éste, como el intelectual que se destacaba por su labor, pero que aspiraba a vivir de lo que escribía. Esta actitud le trajo muchos problemas y un mal pasar económico; en las cartas que envió a sus amigos el tema es recurrente: las dificultades para vender y/o cobrar sus textos, la solicitud de adelantos a editoriales, el retiro de trabajos que no considero bien pagos o que no se publicaban, entre otros.
Fue uno de los escritores más prolíficos de la época, pero en general escribía “incitado por la economía”; por este motivo muchos de sus textos han quedado diseminados en los distintos medios gráficos del país y del Uruguay. A este respecto es destacable el importantísimo trabajo que está coordinando Jorge Lafforgue y Pablo Rocca; una publicación de Losada de cinco volúmenes con sus “Obras”; el proyecto editorial quiroguiano más completo hasta la fecha. En él se reúnen sus libros de cuentos, novelas, cuentos dispersos no publicados en libros, cartas, artículos de cine y teatro. Pero también hay que resaltar, y mucho, los trabajos de Olga Zamboni, Antonio Hernán Rodríguez, Nicolás Capaccio y otros misioneros, que se encargaron de mostrarnos a Quiroga con una óptica diferente a los de la mirada porteña. Todos ellos y muchos otros, aportaron los nutrientes necesarios para lograr una aproximación más completa de la vida y obra de este cuentista.


EL SÉPTIMO ARTE
El cine como práctica social en este país, comenzó siendo una característica de la clase media/baja; una forma de arte no reconocida por intelectuales. Quiroga, quien siempre estaba atento a las nuevas tecnologías y amaba el arte de la imagen, tanto inmóvil como en movimiento, fue convocado para escribir críticas en los magazines y diarios porteños.
Publicó alrededor de setenta críticas y comentarios a filmes en medios como “Caras y Caretas” (1919/1920), “Atlántida” (1922), “El Hogar” (1927/1928), “La Nación” y “Mundo Argentino”.
Utilizó en sus escritos los conocimientos literarios como herramienta, ya que no existía o no estaba difundida ninguna teoría que lo ayudase en esta empresa; recién en Estados Unidos o Francia comenzaban a ensayarse teorías sobre este arte. Otro aspecto importante, es el hecho de que se le retribuyera por este trabajo, que generalmente era vocacional.


TRANSPOSICIÓN LITERARIA
La tarea antes mencionada, facilitó la realización de un proceso inverso de transposición al que generalmente se hace; Quiroga extrajo materia prima de la pantalla y la aplicó a sus cuentos, ejemplo son: “El espectro”; “El vampiro”; “Miss Dorothy Phillips, mi esposa”; “El puritano”. No conforme con eso, incorporó a su técnica narrativa recursos como el zoom en “Las moscas” o “El hombre muerto”; recursos psicológicos en “El hijo”, entre otros. Su insaciable interés lo llevó a escribir guiones cinematográficos como “La jangada”, “La gallina degollada”, o piezas dramáticas como “Las sacrificadas” o “El soldado”; además del intento fallido de fundar una Escuela Normal del Cinematógrafo con Manuel Gálvez.
Lo que Quiroga no supo, fue que su narrativa inspiraría, de manera póstuma, a directores nacionales y extranjeros a filmar cintas como, “Historias de amor, de locura y de muerte” (1994); la miniserie misionera “Horacio Quiroga entre personas y personajes” (1987); “Prisioneros de la tierra” (1937); “Los verdes paraísos” (1947); inclusive cortos como “Mocoso malcriado” (1993), o una adaptación de “La gallina degollada” para la televisión alemana, entre otros materiales recientes.


LITERATURA INFANTIL
No solo Quiroga fue el “escritor de la muerte”, fue también el “escritor de los niños”, combinando dos elementos que amaba: los animales y sus hijos. A éstos últimos les descubrió mediante cuentos, las bondades y los peligros de la selva; allí en ese lugar donde pasaron su infancia, el padre les relató historias de animales que vivían y sientían como humanos. Éstas no quedaron sólo en el plano familiar, el escritor rioplatense las exportó al ámbito de las revistas culturales, como: “Mundo Argentino”, “Billiken”, “Caras y Caretas”, y otras. Posteriormente, y como era su costumbre con la mayoría de sus libros, realizó una selección y la tituló “Cuentos de la selva”. El estilo de estos escritos, narrados de manera oral en algunos casos, se presentaron estructuralmente como cuentos, comentarios y hasta descripciones del ambiente selvático.
Esta empresa, inexplotada por aquellos tiempos, lo llevó a producir con su amigo Leonardo Glusberg, un libro de lectura para cuarto grado que llamaron “Suelo natal”. Allí se mezclaron textos de ambos autores, que si bien no llevaron firmas, no es difícil atribuir que obra pertenecía a uno y al otro. Este dúo tenía pensado realizar en meses posteriores otros libros similares, para el quinto y sexto grado, proyecto que quedó en el camino.


LA CRÍTICA DE QUIROGA
Escritores y críticos reconocidos como: Julio Cortázar, Abelardo Castillo, Juan Bosch, Enrique Anderson Imbert, Carlos Fuentes, Ricardo Piglia, Ezequiel Martínez Estrada, Jorge Ribera, Beatríz Sarlo, Jorge Lafforgue, Eduardo Romano, Napoleón Baccino Ponce de León, Emir Rodríguez Monegal, Pablo Rocca, Carlos Dámaso Martínez, entre muchos otros han manifestado sus elogios para con Horacio Quiroga.
Quizás, uno de los pocos que fallaba en contra fue Jorge Luis Borges quien expresó que “Quiroga [es], un escritor muy mediocre y un escritor capaz de increíbles torpezas. Por ejemplo, leí, hará unos cuatro años, un cuento de Quiroga, “A la deriva”, en que se habla de un hombre que creo que remonta un río y que es mordido por una serpiente. Pues bien, en ese cuento no se sabe que es lo que se refiere a la historia precisa y qué es lo que se refiere a lo que el hombre habitualmente hacía. Es decir, ese relato está lleno de ambigüedades innecesarias que corresponden a la torpeza literaria del autor”. Sin embargo “A la deriva” es considerada una de las mejores obras narrativas de Latinoamérica y tomada como muestra cabal de lo que es un excelente cuento. Son muchos los registros que confrontan con las palabras del autor de “El Aleph”; una de las tantas es la que expresa Olga Zamboni, “[A la deriva] es el mejor ejemplo de la calidad narrativa de Quiroga fundada en la brevedad y justeza expresivas, modelo en su género”.
Para dirimir estas dos posiciones, invocaremos una tercera voz. Abelardo Castillo afirma “hay muchas maneras de probar la excelencia de una obra; la más educada y sencilla es buscar sus ecos en los que vinieron después”. Si aún hoy, seguimos leyendo a Quiroga y escuchando los ecos de sus historias, ya no quedan dudas de que su literatura aún destella, como una hermosa perla, entre la frondosa vegetación de la selva misionera.





Publicado en EL DIARIO del Centro del País
Domingo 29 de julio de 2012
Villa María, Córdoba, Argentina.
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