domingo, 27 de abril de 2008

Daniel Larroque Antigüedades

REPORTAJE
DANIEL LARROQUE
ANTIGUEDADES, EXPERIENCIAS Y ENSEÑANZAS

El calor de la tarde haría dudar a cualquiera que no supiese que estamos en otoño. Llego hasta un estacionamiento, y a pesar de que estoy a un par de cuadras de mi destino la dejó allí. No es fácil últimamente en Villa María encontrar lugar para aparcar en la zona céntrica.
Camino unas cuadras. Veo las amplias vidrieras y un número estampado en el local: San Juan 1341. Son las 17.30 de un pesado viernes. Ingreso hacia el fondo y allí está sentado, escuchando uno de los programas radiales cordobeses con mayor audiencia en el país. Me recibe muy bien, me ceba un mate amargo mientras preparo el grabador.
A nuestro alrededor infinidad de elementos adornan el paisaje. Arrojo la primera pregunta y me doy cuenta de que casi no será necesaria mi intervención, sólo debo disponer mis oídos a escucharlo. Hombre amable, curioso, inflado de anécdotas y sumamente elocuente.
En su discurso se entrelazan la respuesta a mi pregunta, con las anécdotas, los detalles prácticos de su oficio y hasta me ofrece consejos: “escuchá bien, porque alguna cosa de lo que te diga te va a servir como enseñanza para la vida”. Y fue así, de tantas cosas que Daniel Larroque compartió conmigo, me guarde ésta frase: “con la honestidad y la sinceridad vas a todos lados, se te abren todas las puertas.”


-Daniel, ¿cómo se inició en la tarea de recolectar antigüedades?
-Arrancamos en el año ’80 con una compraventa que se llamaba por entonces “Compraventa El Martillero” y que se ubicaba sobre la calle Santa Fe. Empezamos a comprar cosas en general de las que se usan en una casa; pero no teníamos experiencia, ni tampoco nos llamaba la atención todo lo que se llamase antiguo. Hace diez años que empezamos a meternos en este tema. Sucede que Villa María es una ciudad chica y joven, no es como Córdoba, ni Buenos Aires que tienen 400 años y donde hay muchas más cosas. La mayoría de los inmigrantes paraban en Buenos Aires cuando llegaban desde sus países y, cuando viajaban al interior se desprendían de los muebles para no cargarse con cosas. Entonces allá, si bien hay mucha demanda, también hay más oferta. San Telmo, es la cuna de las antigüedades en la República Argentina, un poco por fama y por antigüedad y por estar en el lugar. Nosotros acá desgraciadamente somos una ciudad chica por un lado, y por el otro, somos relativamente jóvenes; entonces la gente te dice que tiene una antigüedad para vender y nos ofrecen un tocadiscos Winco, por ejemplo. Y un Winco no es una antigüedad, porque estamos hablando de cuarenta y cinco años atrás, eso es algo viejo que esta rozando lo moderno.

-¿Cuando podemos considerar a un objeto como antigüedad?
-Realmente para que sea antiguo una cosa mueble (excepto los autos que entra en otra categoría) tiene que tener como mínimo 100 años; y de cualquier forma, 100 años atrás se fabricaban cosas espectaculares, pero también existían los cachivaches y cosas ordinarias y de poca monta. No todo los muebles que se hicieron hace un siglo son buenos y deben costar de la misma manera. En Villa María tengo una clientela muy buena, quisiéramos satisfacerlos más, pero nos encontramos con el problema de la oferta. En su momento hicimos publicidad en radio, revistas, diarios, hicimos boletines, viajamos a los pueblos y campos en treinta años; pero ya está, ya no hay tanto que buscar. Cuando viajábamos a algún lado, muchas veces nos decían que éramos los cuartos o quintos en visitarlos. Todas las personas que están en este rubro tienen el mismo problema, el de la oferta; yo tengo permanentemente visitas de Rosario, de Córdoba, de Buenos Aires... porque ellos salen de gira buscando por los interiores de la provincia. Rosario, Bell Ville, Villa María, Córdoba... Ellos salen a buscar y viven en Bs. As., imaginate, esto es una eterna búsqueda. Para resumirlo, puedo decirte que no hay problemas de demanda, sí de ofertas.

-¿La gente que se llega a su local, es de la ciudad o lo vistan más personas de otros pueblos?
-Como todo comercio, gracias a Dios nosotros estamos en un punto muy estratégico. Nadie abriría un local así en Las Mojarras, Ausonia, Arroyo Cabral o cualquier localidad más chica (con todo el respeto que se merecen esas localidades), no sería rentable, porque vendería algún objeto cada 15 o 20 días. Toda esa gente que gusta de las antigüedades y vive en los pueblos, viene a Villa María y pregunta. El 80% de las cosas pasan por acá, porque nosotros exhibimos, tasamos, visitamos, estamos siempre dispuestos.


Le pregunto a Daniel si podemos hacer un recorrido por el local. Asiente efervescentemente y luego de revisar la sala donde estamos haciendo la entrevista, abre una puerta de un lugar contiguo que tiene con llave. Me muestra sorprendido unos pines chiquitos que “con treinta años de trabajo no había visto nunca”, con algunas leyendas como “Viva el Dr. Hipólito Yrigoyen” para la campaña electoral de la presidencia de la Nación. Despliega más cosas viejas: fosforeras, frascos alargados para caramelos, un proyector manual con luz común, estufas, una botella de barro cocido “made in Germany” para calentarse los pies en las noches de frío, la clásica cabeza de Geniol con sus clavos y alambres incrustados y hasta una foto de Baudino cuando estaba en Corrientes y 9 de Julio.


-¿Cuando un comprador se acerca a su local, viene con una idea de qué quiere comprar?
-No, la gente que busca antigüedades no hace eso. Generalmente viene a ver lo que hay y se engancha con algo. Yo no puedo llamarme anticuario, si bien es cierto que tengo hecho un estudio de lo que es Villa María, de lo que son las antigüedades; pero caemos siempre en lo mismo, no hay oferta. Porque a mi no me gustaría tener eso (y señala una estructura para sostener una fotocopiadora), me encantaría tener todo lleno de antigüedades pero se consigue poco. La clientela de Villa María y zona de influencia la tengo; entonces que hago, compro un colchón, compro una silla como esa que está tapizada que está allá y viene un tipo que no quiere gastar mucho y se lleva la silla por 240 pesos y con esto me voy defendiendo. No me disgusta, pero me gusta más la otra opción. A mi local, viene gente de toda la región como la mayoría de todos los negocios de Villa María.

-¿Hay algún rasgo característico con la compra de antigüedades?
-Lo que tenemos en el tema antigüedades son las cosas que se ponen de moda, entonces vienen 70 buscando lo mismo; como en toda cosa, la chomba, el zapato, etc.; sobre todos las mujeres. En algún tiempo eran los pies de máquina de coser y venían 40 buscando lo mismo, después pasó la moda, ahora no se lo vendés a nadie.


Mientras me comenta estas cosas el cielo lúgubre escupe sus gotas y comienza una torrencial lluvia sobre la ciudad. Abajo, en el asfalto, la estampida dio inicio con perros que corren despavoridos y con mayor presión de los pies izquierdos sobre el acelerador de los vehículos que pasan. Daniel me pide que lo siga porque no quiere que me vaya sin mostrarme algo.
Caminamos hasta que el se topa con una Victrola yankie de unos setenta años. Me pide que le dé manija y en unos segundos flota en el aire “La puñalada” de Juan D’arienzo y su orquesta típica. Afuera, llueve alocadamente, se escuchan “piedras” que golpean el techo de cinc con total furia. Adentro, el ritmo de milonga ignora los designios de la deidad y el disco de pasta no se cansa de girar en el viejo aparatejo.
“Hermoso”, atino a decirle; y es como si hubiese acribillado a Daniel con muchas más preguntas de las que le hice en la entrevista, porque orgulloso, responde que antes se usaba una púa por
cada disco y que por esa razón venían los estuches de doscientas; agrega también que él la desarma y la engrasa y otros detalles referidos a ese maravilloso “centro musical”.
Paralelamente a esto, la lluvia se intensifica y desdibuja la calle y la vereda, cae granizo y se amontona en los rincones de las aberturas del local. El ruido ya no permite que nos comuniquemos, es el momento en que apago el grabador y junto al dueño del local y su hijo contemplamos el fenómeno meteorológico. Las bolsas de basura navegan por los cordones de concreto y el turbio líquido salpicado con pintas amarillentas de las hojas caídas, se desliza hacia las bocas de tormenta.

Finalmente cuando el agua comienza su repliegue hacía la arteria vial, Daniel y su hijo se ofrecen a llevarme. Les digo que tengo mi moto a unas cuadras. Insisten, y subo a una viejísima Ford que a pesar de sufrir la lluvia y el granizo arranca sin inconvenientes. Luego de pocos minutos de peregrinaje, me sitúan en el estacionamiento donde subo a mi vehículo y me dispongo a llegar a casa para armar estas líneas.

(*) Publicado en EL DIARIO DEL C ENTRO DEL PAÍS, el domingo 27 de abril de 2008.-
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