MATÍAS ATENCIO
COMUNICADOR ALTERNATIVO DE CULTURAS
Quizás lo viste tocando la trompeta en las heladas noches de invierno.
Quizás lo recordás al costado de las calles céntricas, desplegando su tela con aros, collares y pulseras.
Quizás leíste su nombre en alguna revista cultural o
Quizás te pareció verlo revolear las clavas, mientras la luz roja del semáforo te detuvo.
Quizás te pidió un cigarrillo o tal vez lo viste en la universidad.
Pareciera que habláramos de distintos personajes, pero no, es uno solo. En ese cuerpo de muchacho barbado y pelo desprolijo se concentran todas esas imágenes que lo conforman. Algunas parecieran antagónicas, ¡¿un artesano callejero Licenciado en Comunicación?!
Matías Atencio es un joven villamariense, que con sus 31 años tiene muchos más kilómetros recorridos que cualquier joven de su edad. Es que la mitad de su vida la ocupó en conocer a su país (sólo le resta conocer Tierra del Fuego) y países de Latinoamérica como Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil y Colombia. Mientras el común de la gente hace “turismo armado”, Matías práctica el turismo de mochilero, conociendo intensamente la idiosincrasia de nuestros pueblos. Aprendió inglés, portugués, quechua, y reproduce (en sus anécdotas) las distintas tonadas y registros idiomáticos de los pueblos que visitó.
Lo encuentro en la universidad, lo invito a que vayamos un aula y gustoso carga sus artesanías, instrumentos musicales y libros.
—¿Qué hacés acá en la universidad?
—Me recibí de Técnico en Comunicación Social, ahora estoy h
—¿Cómo te ganas la vida actualmente?
—Con la música, la artesanía, la escritura... Quisiera formar un conglomerado, sería una nueva cátedra en la universidad, pero ¡¿cómo haces loco?!, la única manera es trabajando por las universidades de Latinoamérica. En Bolivia, tendría mucho trabajo, porque con la globalización, con la estabilidad que estamos viviendo, con el fin de las raíces de nuestros pueblos latinoamericanos, la invasión cultura yanqui, los productos importados y todo eso que nos meten desde afuera… yo podía llevarle su propia música, que la dejaron de lado por escuchar reggaeton, dar talleres, hablar con los papachos, con la mamachas, son los dueños de la tierra, nuestros antepasados… (Mientras me dice esto desenvuelve un charango y la samponia, que lo acompañan a todos lados).
—¿Creí que sólo tocabas la trompeta?
—Primero, toco esto porque Krishna me dio un don para tocar; segundo, cuando viví en Bolivia me enamoré tanto de ésta música, que tiene una nostal
—Estás hablando de Bolivia, pero ¿cómo ves a la Argentina?
—Estoy empapado de Argentina, siempre es bueno ver las cosas desde afuera; igual no dejo que los medios de comunicación me metan nada en la cabeza, pienso que está todo en la calle, porque ahí se puede hablar con las personas. Pienso que ellas tienen el conocimiento, pero ¿qué pasa? La opinión pública está influenciada por los medios de comunicación, entonces es lo mismo; siempre es bueno irse a otro país para ver el propio, para que el cardo no te tapa el monte.
—Además de Bolivia, ¿qué otros lugares has recorrido? ¿Siempre de mochilero?
—Siempre, trabajando. Empecé a los 14 yéndome a con
—¿Cómo te iniciaste con las artesanías?
—En Río de Janeiro me enseñaron los malucos, son los que viven en la calle, pero son superartistas los tipos. Me enseñaron a manejar la resina y tintura vegetal, las piedras, las semillas, todo eso. Lograban un realismo en una cara con resina, lograban un realismo mágico, como el de García Márquez, pero hecho con dedos, ¡¡guauu!! Yo me quedé asombrado. Los aros los aprendí a hacer en Perú, son las filigranas peruanas, es el arte de atrapar los alambres sin soldarlos, la grampa también la fabricás vos, y le ponés una piedra semipreciosa de tu país, que éstas (me los muestra) son de Catamarca. Las semillas me las traje de la Selva Amazónica, la usan los skaters, los surfistas, porque son como amuletos de protección, tienen la energía de la naturaleza y algunos están bendecidas por papachos chamanes con palo santo, madera santa.
—¿Llegás a zafar vendiendo estas cosas o se pone muy duro?
—Yo pienso que me ayuda mucho Krishna, o llamale como quieras, Buda, Jesús… Lo que yo tengo ahí es un producto… estamos en un pueblo, man, y muy cerrado, de gringos, y esto es un producto nuevo.
—¿Creés que tenés que irte de Villa María para mejorar?
—Siempre pensé eso, pero está todo dentro nuestro. Ese dicho de que nadie es profeta en su tierra es mentira; todo depende de cómo estés por dentro, de cómo veas las cosas. Como dice la canción de Las Pelotas, “si tus ojos quieren negro es todo negro”, esa es la verdad, man. Tampoco podemos vivir positivo todo el día porque no existe, tenemos que tener nuestros bajones y ahí es cuando ves diferente a tu ciudad.
—Estás terminando estudios universitarios y has aprendido muchas cosas de la calle y la gente, ¿qué valorás más, para tu crecimiento personal?
—Cuando estás estudiando te dan apuntes y tenés que leer, y tenés que rendir. Empecé a contrastar la práctica con la teoría, la teoría está dentro de las instituciones, que son los profesores que te dan los libros que vos precisás leer, muchas veces sí, muchas veces no. A veces te dan chingaderas y dije que la práctica está en la calle. Con plata cualquiera viaja, entonces saqué a un pasaje a una provincia que no conocía y llegaba sin un cobre, sólo con mi mochila. Ahora a poner en práctica, decía mi cabeza, y era así. Después tenía que seguir las clases, me iba un mes más o menos. Dormía en los lugares que me encontraba en la ciudad… ahí conocés la idiosincrasia y la cultura de un pueblo porque tenés que hablar con todos, desde el tipo que vende diarios hasta arriba…
—Sos muy extremista, esto es un ejercicio de sobrevivencia constante…
—Sí, es muy loco, pero ya desarrollé tantas estratagemas que me puedo ir a cualquier país sin un mango. En Quito trabajaba y aprendí a hablar inglés, empezás con películas, con canciones, es parte de la culturalización yanqui; cuando sos niño empezás a escuchar música en inglés, ves películas en inglés y vas aprendiendo cuando estás en contacto con el extranjero.
—¿Cuál es tu relación con la escritura literaria?
—Empecé a los 8 años, descubrí el mundo de la literatura que me abrió muchas puertas mentales. Comencé con Horacio Quiroga, y fue tal que fui a conocer su casa, quería comprar todos sus libros y todo eso. Quería ser periodista, estudiar y trabajar, hacer lo que me gusta y que me paguen; entonces Fabián Mossello me da el primer taller de escritura y siento que me puedo expresar muy bien, y sigo leyendo, no lo que me daban en la universidad sino lo que yo quería. Después descubrí el nuevo periodismo con Roberto Arlt, y traté de contar mis viajes de una manera similar.
—¿Y de qué tratan tus escritos?
—Tengo algunos cuentos que son muy fuertes, pero que son la realidad. Lo que más hay en la calle son putas, drogas, borrachos escandalosos y niños. Hoy en día, al país que vayas va a haber marihuana, siempre, a donde vayas, acá hay marihuana, en
—Sí, claro, me hablaste de la música, de las artesanías y la literatura, ¿y los malabares?
—San Juan es una ciudad de tranquila como Villa María pero grande como Córdoba, no sabés que loco. En un momento los malabaristas de todo el país se dieron cuenta que ese lugar era bueno, porque había muchos semáforos para trabajar. Estabas una hora y te juntabas 30 o 40 pesos, cuando estábamos dolarizados, imaginate si te quedás todo el día. Ocupamos un edificio, había tribus, siempre estuve con tribus de artesanos que son más cerrados, como que dominan una plaza y te miran lo que querés vender, siempre con el pelo largo, fumándose una mota ahí, disfrutando de la luna llena, con mucho olor a sahumerio por ahí.
—¿Cómo es ese mundo?
—Conocí a tribus de malabares que tienen sus propios juguetes: clavas y bolas. Siempre tienen un corte exótico, se pintan los ojos. Hay una fusión del punk de los ’70 con Sid Vicious y los Sex Pistols y el arte circense que trajeron los italianos a la pampa gringa. De todo eso sale algo muy raro que vos te parás en un semáforo y no podé
Apenas llegué no me quisieron, me vieron y me dijeron que no, como un cuento de Jack London en donde el lobo quiere entrar y no puede; pero el lobo siempre ronda, hasta que llega un momento en que hay pelear con el líder para ser líder o ser aceptado en la comunidad. Yo iba con los hippies, con los malabares, frecuentaba un poco con cada uno, no hay que comprometerse mucho, como lo dice la teoría del juego de Pierre Bordieu.
Comíamos juntos, por dos pesos con veinticinco nos daban una docena de empanadas árabes, el vino se vendía suelto, y con lo que te quedaba lo ahorrabas, cuando andás así tenés que tener un pequeño capital.
—Siempre relacionándote con gente excluida.
—Me empecé a juntar con los verdaderos hombres, con los que se juntaba Jesús, porque Él andaba con lo peor de lo peor, con los chorros, con las putas; no es el que pintan en los cuadros, no es el de los ojos celestes. Cuando vos llegás a una ciudad sin un mango, ¿con quién vas?, el único que te va a tirar una mano, es a quién nadie le tira una mano. Son marginados por propia elección. Son libres, pero el precio que hay que pagar es la exclusión.
—¿Cómo te proyectás en un futuro, Matías?
—Me gustaría englobar las tres cosas: la literatura y periodismo, la música y las artesanías y hacer una suerte de comunicación alternativa: dar talleres, charlas, intercambios, trabajar con otras facultades, traer y llevar cultura entre los pueblos y poder crecer como persona, siempre.









